Andrea Tunarosa Santisteban

98000096

 

LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

A LA LUZ DEL PRAGMATISMO

 

 

...”vana es la palabra del filósofo que no cura los sufrimientos del hombre.  Pues así como no hay provecho en la medicina si no sirve para expulsar las enfermedades del cuerpo,  no hay provecho en la filosofía si no expulsa los sufrimientos del alma”...

-Epicuro, Fragmento 54 –

 

 

            Al intentar comprender las diferentes filosofías que le han dado forma a nuestra herencia cultural, evidentemente surge la pregunta de cuál será realmente la última verdad, o el método apropiado o si, incluso, será diferente para cada cual.  Bajo un enfoque pragmático, procedo a cuestionar cómo han surgido las distintas verdades y cómo se han desarrollado los diversos métodos, para probar que, tal y como lo he llegado a creer personalmente, filosofía es experiencia.  

Empecemos por establecer los parámetros del concepto verdad.  A mi parecer, verdad tiene que ser algo más que un sinónimo para exactitud, certidumbre o certeza, debe significar más que prueba, comprobación o autenticidad.   En este sentido, quiero decir que al referirme al término verdad pretendo ir más allá de cualquier esquema humano particular, definiéndolo como una condición humana y absoluta que mide o constriñe nuestros propios esquemas —sean estos morales, filosóficos, estéticos o científicos.  La veracidad de una idea no es una propiedad inherente y estática, sino que la verdad le sucede a una idea.

Partiendo de esto, afirmo que toda realidad ejerce una influencia en nuestra práctica y determina el valor que ella tenga para nosotros.  No existe suceso alguno que no se exprese a sí mismo como una diferencia en hechos concretos y en una conducta consecuente definida por la persona, la forma, el lugar y el momento.  El objetivo de la filosofía debería ser, entonces, encontrar qué diferencia específica haría uno u otro “principio universal” en tal o cual persona y en instantes concretos de su vida.   

De esta manera, surge el concepto de relatividad conceptual, tal y como lo define Hilary Putnam: “los signos no corresponden intrínsecamente a objetos con independencia de quién y cómo los emplee”, es decir, que nuestros pensamientos se refieren a una realidad exterior a la mente acerca de hechos y objetos que no han sido producidos por la realidad.   Asimismo, Kant afirma que no tenemos conocimiento de las cosas “en sí mismas” sin una categoría fundamentada en el conocimiento absoluto del “yo”, que nos permita clasificar la experiencia.  Putnam lo sintetiza mejor de esta forma: “La verdad es una adecuación de nuestro pensamiento con la realidad, y hay muchas formas en que esa correspondencia puede ser “correcta”.  La verdad no es, entonces, como muchos filósofos han pretendido demostrar, un concepto a priori que nace de la esencia del universo, sino una especie de brújula que guía la vida de las personas partiendo de la combinación de pensamiento y realidad, bajo condiciones específicas de espacio y tiempo que determinarán, en gran parte, el resultado de dicha combinación. 

En la historia de la filosofía parece difícil comprender que el solo hecho de concebir las cosas como tales, fue para los griegos todo un hallazgo.  Pero si se considera la idea tan radical que debió haber sido el pasar de una lucha contra los poderes de la naturaleza a una convivencia con cosas que existían en la medida que ellos se daban cuenta de su propia existencia, entonces se puede entender la importancia que tuvo el inicio de la filosofía para el desarrollo de la humanidad.  Así, encontramos diversos modelos que muestran cómo la experiencia se convierte en la determinante de cada filosofía, en su propósito de guiar a la humanidad en determinadas circunstancias.  El epicureísmo, por ejemplo, al proponer una búsqueda de la felicidad y la tranquilidad a través de los placeres, absteniéndose de participar en asuntos mundanos, responde al declinar de la Grecia antigua, como forma de escapismo ante la creciente desorganización social de la época.  Otro ejemplo interesante es el de Epicteto, quien durante su niñez fue vendido como esclavo por sus padres.  No es de extrañar, entonces, que en sus enseñanzas fueran estoicas y promovieran la autosuficiencia de los individuos y la indiferencia antes vicisitudes.  Se hace evidente, pues, como la combinación de pensamiento y realidad en un momento específico de su vida lo llevó a convertirse en uno de los principales filósofos estoicos de la historia.

Otro ejemplo ilustrativo que procederé a describir a fondo es el del heredero intelectual del movimiento utilitarista en Inglaterra, John Stuart Mill.  Desde temprana edad, Mill fue sometido por su padre a un exigente “experimento educativo”, viéndose obligado a estudiar desde los tres a los catorce años materias como griego, aritmética, latín, lógica, filosofía y teoría económica.  Irónicamente (o más bien, consecuentemente), a los 21 años esta mente tan desarrollada es víctima de una depresión nerviosa, la cual se reflejó como una crisis emocional ocasionada por una pérdida súbita del entusiasmo por las metas que se había propuesto en la vida.  A mi modo de ver, dicha caída fue el efecto de una estimulación poco adecuada durante su niñez, dando como resultado que en su juventud necesitara un tiempo para sí mismo alejado de las presiones mundanas.  De esta manera, pudo regresar después a cumplir sus propósitos y a defender y desarrollar la doctrina en la cual había nacido.  Sus experiencias emocionales lo llevaron a buscar una ética que diera cuenta de los hechos de la vida.  En este sentido, agrega al cálculo hedonista de la doctrina de Bentham un carácter cualitativo en lo referente a placeres y dolores. 

Así también, la filosofía desarrollada por Thomas Hobbes en su tradición contractualista responde a un conjunto de incidencias en determinada época de la historia de Inglaterra: la escena política inglesa era un cuadro de continua crisis y agitación durante el período de desarrollo intelectual de Hobbes.  En su intento por aportar una solución a la situación de inestabilidad en su país, propone la cooperación colectiva voluntaria como la manera más efectiva de que los individuos utilicen sus poderes. Al establecer a la autoridad civil y a la ley como el fundamento de la moral, buscaba evitar el caos que podía resultar de la incertidumbre política durante el reinado de Carlos I.  De esta forma, las condiciones necesarias para la supervivencia y felicidad individual se darían cuando el derecho a hacer lo que satisfaga los propios deseos fuera elevado a la categoría de autoridad central.  Así introduce el concepto de “contrato social” como la manera en que el estado de naturaleza se transforma en sociedad civil.

Con los ejemplos anteriores entendemos a la filosofía como el agua que calma la sed de las experiencias y particularidades de la época.  De esta manera, descarto la idea de verdad dentro del realismo y de la tradición medieval, las cuales sostienen que todos los asuntos reales deben tener exclusivamente una respuesta verdadera que –en su carácter excluyente- hace que las demás alternativas sean erróneas.  Posteriormente, afirman que, consecuentemente, debe existir un único método para descubrir tal verdad.

Como siempre lo he creído, los sistemas que guían a la humanidad deben tener un carácter evolutivo y de autoevaluación; es decir que la visión de nosotros mismos y del conocimiento debe adaptarse continuamente, conforme avance la sociedad y sólo aquella que, mediante un proceso de ensayo y error, se pruebe a sí misma como beneficiosa perdurará.  En este sentido, la pregunta es ¿cuál de las dos contribuye de una mejor manera a preservar y mejorar a la sociedad?  ¿Será la visión sobre una forma de vida ideal que corresponde a la esencia del hombre y que considera a la filosofía como una aspiración a resolver tal problema?  ¿O será la visión pragmatista bajo la cual cada quien tiene el derecho de pensar por sí mismo respecto a la pregunta de cómo vivir?  Desde mi punto de vista, no puede existir un procedimiento mecánico, una fórmula matemática, que conduzca a la verdad en todas las ramas del conocimiento.  En un sentido pragmático, la verdad y la objetividad son fundamentos normativos  o principios que nos guían en la búsqueda racional.  Bajo el característico egocentrismo del hombre, tendemos a pensar que siempre hay una respuesta o interpretación más adecuada y, generalmente, pensamos que es la nuestra.  Sin embargo, los criterios bajos los cuales decidimos qué es y qué no es correcto los elaboramos basándonos en juicios de valor que responden, a su vez, a nuestra propia experiencia en una combinación de espacio y tiempo.  En palabras de Hilary Putnam, “los cánones de racionalidad no se descubren en la naturaleza o en la estructura de la realidad”.

Así, el pensamiento no es un concepto absoluto en sí mismo ni aislado, sino que existe en función de su experiencia y su potencial.  En palabras del pragmatista Charles Peirce, “el pensamiento es lo que es en virtud de su referencia a un pensamiento futuro”.  En este sentido, ningún pensamiento actual tiene significado por sí solo, ya que dicho valor intelectual subyace no en lo que se piensa, sino en aquello con lo que este pensamiento esté conectado, dando como resultado pensamientos subsecuentes.  Al respecto, dice Peirce “consecuentemente, así como decimos que un cuerpo está en movimiento, y no que el movimiento está en el cuerpo, debiéramos decir que nosotros estamos en pensamiento y no que los pensamientos están en nosotros”.  Así también, se puede afirmar que tal o cual pensamiento o teoría sobre el mundo es verdadera, siempre y cuando esté bien fundamentada y no existan pruebas en contra.  Sin embargo, tampoco la formulación de una mejor teoría hará falso el pensamiento inicial, pues ninguna de las dos será la única respuesta absoluta, ya que siempre existe el potencial de que aparezca una nueva forma de ver las cosas.  Por tanto, dado que la verdad de una noción no necesariamente implica la falsedad de la otra, es esencial que aquellos que se introducen a la Filosofía hoy, tengan un criterio lo suficientemente amplio para reflexionar sobre ambos conceptos y obtener lo mejor de cada cual.

Entonces, ¿cuál es la función de la filosofía dentro de esta ilación de pensamientos, realidad y experiencia?  Definitivamente no es encontrar un método universal para encontrar qué es lo que realmente existe, ni tampoco es luchar por demostrar cómo determinado criterio es el correcto.  La filosofía no puede ser una verdad radical, universal y autónoma, pues los puntos de vista dependen, a la vez, de un contexto y de una historia que ha determinado el desarrollo del pensamiento hasta la fecha.   Además, si podemos afirmar que todos los seres humanos somos diferentes por lo que tenemos en común (el orden natural y la libertad), no puede existir -dentro de la filosofía- una certidumbre contundente, pues la esencia de su fenomenología es el ser humano.  Por consiguiente, si nuestro conocimiento de la naturaleza humana no es un “absoluto total”, sino un “mínimo”, dentro de la filosofía se podrán poner muchas cuestiones en duda.  Su carácter dinámico y evolutivo nos lleva a afirmar que “...la filosofía no tiene más realidad que la que alcanza históricamente en cada filósofo...”

En realidad, existen diversos criterios o interpretaciones y todos son correctos porque todos responden a alguna necesidad de solucionar distintos problemas situados en un lugar y en un tiempo.  Vano sería buscar una respuesta “absoluta” a preguntas “independientes del contexto”, pues carecería del valor que se deriva de la experiencia y del potencial.  Asimismo, lo anterior no implica “no creer en nada”, sino reconocer nuestra condición humana, que si bien no hace posible un conocimiento absoluto, nos ubica en un lugar en el mundo en cada segundo de nuestras vidas y, habiendo adquirido a través de la experiencia un conjunto de valores e intereses, nos permite reconocer aquella versión que es mejor para nosotros y nuestros semejantes.  Esta concepción permite que el hombre esté en constante evolución, es decir, que corrija los errores de su propia visión del mundo y de la situación de su medio, pues toda teoría –científica o moral- al ser un producto del saber humano, puede ser falible y, entonces, es responsabilidad de cada uno buscar la mejor respuesta.  A este respecto dice Hilary Putnam: “la mente y el mundo conjuntamente construyen la mente y el mundo”.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Albert, Ethel M.  Great traditions in ethics : an introduction, New York: Editorial AMERICAN BOOK,1996.

Ferrater Mora, José.  Diccionario de Filosofía, 5ª. Edición, Cambridge: Editorial Sudamericana, 1971.

Polanco Barrera, Moris.  Realismo Y Pragmatismo. Biografía Intelectual De Hilary Putnam, Tesis de doctorado dirigida por el Prof. Dr. D. Jaime Nubiola AguilarPamplona: Universidad de Navarra, 1997.

 

 

Sitios de internet:

 

http://fce.ufm.edu/catedraticos/mpolanco/pragvd.htm

http://paradigm.soci.brocku.ca/~lward/James/James1_02.html

http://www.emory.edu/EDUCATION/mfp/james.html#pragmatism

http://www.pragmatism.org/