CAPÍTULO III: LA PERSONA (continuación)
3. La persona en el espacio y en el
tiempo
Vivimos nuestra vida insertados en el espacio y en el tiempo, pero a la vez quisiéramos estar por encima de esas dimensiones. Ese deseo no se explica si no existiera en el hombre algo efectivamente intemporal, inmaterial e inmortal.
El primer modo de superar la limitación que el tiempo nos impone es guardar memoria del pasado, ser capaz de volverse hacia el tiempo y advertir hasta qué punto dependemos de lo que hemos sido. La segunda forma es desear convertir el presente en algo que permanezca: el hombre desea que las cosas buenas y valiosas duren, que el amor no se marchite, que los momentos felices se detengan, que exista la eternidad. (¿Y ha de morir contigo...?)
Una tercera manera de situarse por encima del tiempo es anticipar el futuro, proyectarse con la inteligencia y con la imaginación hacia él, para decidir lo que vamos a ser y hacer. Por tanto, además de estar instalado en el tiempo y en el espacio, el hombre tiene proyección: vive el presente en función de lo porvenir. Mi vida es lo que es ahora por lo que será mañana. “La vida es una operación que se hace hacia delante” (Marías). Si no hubiera esperanza de un futuro mejor, el presente perdería sentido. Mi vida presente se organiza en función de la vida que me veo viviendo en el futuro.
Cada vida es una historia, una biografía. Contar mi vida es contar la historia de mi vida. Para captar lo que es una persona hay que conocer su vida, escuchar su historia. (Retrato.) Como toda historia, para ser mínimamente interesante ha de tener una meta (fin), que se concreta en un proyecto y la adquisición de los medios para ejecutar ese proyecto (virtudes), a la vez que va acompañada de obstáculos (externos y la propia debilidad), que dan los toques de emoción y la posibilidad del fracaso a esa narración. La pregunta ¿quién eres? se contesta contando la propia historia.
La memoria es la que hace posible la identidad de las personas e instituciones. Esto explica el constante afán del hombre de recuperar, conocer y conservar sus propios orígenes. Si yo no sé quién es mi padre, me falta algo decisivo.
4. La persona como ser capaz de tener
La persona es un ser capaz de tener, de decir mío. Existen tres niveles en el tener: tener cosas, tener conocimientos, tener hábitos.
Un hábito es una tendencia no natural, sino adquirida, que refuerza nuestra conducta, concretando nuestra apertura a la totalidad de lo real por medio de la adquisición de algunos automatismos que impidan que tengamos que estar inventándolo siempre todo (yo sé escribir a máquina, sé hablar castellano, sé conducir, sé leer, se sumar, sé dirigir una empresa, etc.). Tener hábitos es el modo más perfecto de tener, porque los hábitos perfeccionan al propio hombre, quedan en él de modo estable. Los hábitos son como una segunda naturaleza. Se adquieren por repetición de actos, produciendo un acostumbramiento que da facilidad para la ejecución de la acción propia.
Clases de hábitos: a) técnicos, destrezas en el manejo de instrumentos o en la producción de determinadas cosas (saber fabricar zapatos, cocinar pasteles); b) intelectuales, saber hablar inglés, multiplicar, conocer historia, teoría gerencial, etc.; c) del carácter, se refieren a la conducta: ser puntual, meticuloso o descuidado, laborioso, constante, tenaz, etc. Parte de estos hábitos de carácter se refieren al dominio de los sentimientos. Los hábitos positivos se llaman virtudes; los negativos, vicios.
Los hábitos se adquieren mediante el ejercicio de las acciones correspondientes: se llega a ser justo practicando la justicia; se aprende a conducir, conduciendo. La repetición de actos se convierte en costumbre y la costumbre es como una segunda naturaleza, una continuación de la naturaleza humana que permite la realización, el perfeccionamiento del mismo hombre.
Los hábitos modifican el sujeto que los adquiere. “El hombre no hace nada sin que al hacerlo no se produzca alguna modificación de su propia realidad” (Polo): lo que hacemos repercute sobre nosotros mismos. “El hombre es aquel ser que no puede actuar sin mejorar o empeorar” (Polo).
“Todo elegir es un elegirnos, es optar por uno de nuestros posibles ‘yo’: aquel que corresponde como sujeto a la acción que hemos elegido. Si ante una dama elegimos levantarnos y cederle nuestro asiento, estamos eligiendo el caballero que podemos ser; si, por el contrario, preferimos permanecer sentados, optamos por el señorito que también podemos ser. A su vez, ella puede elegir entre resultar encantadora o resultar provocadora, es decir, optar por la dama que puede ser o por la hembra que también puede ser” (Alfredo Cruz).
5. La naturaleza humana
5.1. La teleología natural
Una de las características de los seres vivos es la tendencia a crecer y desarrollarse hasta alcanzar su perfección.
La naturaleza del hombre es la condición de posibilidad del despliegue del hombre hacia su bien final (su perfección), y la causa de ese dinamismo. Es decir: buscamos la perfección que corresponde a nuestra naturaleza, por un impulso que se origina en la misma naturaleza. Es natural anhelar alcanzar la perfección a la que puede aspirar nuestra naturaleza.
5.2. Dificultades del concepto
naturaleza humana
Para entender correctamente qué es el hombre y qué es la naturaleza humana es importante evitar la tentación del dualismo. Sería dualismo pensar que en el hombre hay una naturaleza abstracta, intemporal, cuando resulta que somos seres concretos, históricos, en unas determinadas circunstancias que continuamente están en variación. Pero también sería parcial el modelo historicista o relativista, según el cual el hombre es relativo a cada época, a cada cultura, etc. Tan dualista es el racionalista que pretende hacer una ciencia exacta del hombre, como el historicista o relativista cultural.
En realidad, el hombre tiene una dimensión intemporal y otra temporal, y no podemos prescindir de ninguna de las dos.
Por otra parte, el hombre es algo ya (con lo que viene, con lo que nace) pero puede llegar a ser otra cosa. ¿Hasta qué punto puede alterar el hombre su naturaleza y sus fines? Esa tendencia a excedernos, a ser más de lo que somos o han sido nuestros ancestros, es, paradójicamente, natural en el hombre. Esto es así por la libertad de la que disponemos. Tenemos la libertad de experimentar, pero siempre con la idea o finalidad de ser mejores. Sospechamos que puede haber mejores formas de alcanzar aquello a lo que estamos llamados, pero también sabemos que eso comporta un riesgo. A veces volvemos a las formas de ser hombre (de comportarse) de nuestros antepasados, porque después de un amargo experimento nos damos cuenta de que, después de todo, no fuimos mejores que ellos.
El problema es que los modos concretos de alcanzar la verdad y el bien no están dados, sino que toca a cada generación descubrirlos o inventarlos. No pretendemos cambiar esa orientación general a la verdad o al bien; simplemente estamos un tanto insatisfechos con la cantidad de verdad y bien que hasta ahora hemos alcanzado, y pensamos que tal vez podemos hacer las cosas mejor (nuevas técnicas, nuevas formas de arte o de organización social).
Lo que está dado, pues –lo estable en la naturaleza humana—es la orientación general al bien y a la verdad. A nadie se le ocurre que se pueda cambiar este principio como principio guía supremo de la vida humana: “haz el bien y evita el mal”. A nadie se le ocurre pensar que llegará el día en que matar a los padres sea algo loable, o traicionar al amigo algo por lo que nos vayan a premiar. Robar, mentir, calumniar, matar, seguirán siendo males, y la justicia, la verdad, el honor, el respeto a la palabra dada, bienes. El problema es cómo vivir esos valores en las circunstancias cambiantes que nos toca vivir.
Para mostrar que en realidad no hemos cambiado mucho como seres humanos, vea el siguiente texto de El libro de los muertos de los egipcios (240 a. C.): (ver sección “The Negative Confession” en el link anterior).
“Traigo en mi corazón la verdad y la justicia, pues he arrancado de él todo mal. No he hecho sufrir a los hombres. No he tratado con los malos. No he cometido crímenes. No he hecho trabajar en mi provecho con abuso. No he maltratado a mis servidores. No he blasfemado de los dioses. No he privado al necesitado de lo necesario para la subsistencia. No he hecho llorar. No he matado ni mandado matar. No he tratado de aumentar mis propiedades por medios ilícitos, ni de apropiarme de los campos de otro. No he manipulado las pesas de la balanza. No he mentido. No he difamado. No he escuchado tras las puertas. No he cometido jamás adulterio. He sido siempre casto en la soledad. No he cometido con otros hombres pecados contra la naturaleza. No he faltado jamás al respeto debido a los dioses”.