JOHN STUART
MILL. SELECCIÓN
DE EL UTILITARISMO
Selección de textos y comentarios de Denise, Peterfreund y White, Great Traditions in Ethics, Belmont,
Ca.: Wadsworth, 1996.
Fragmento 1. El Utilitarismo, Cap. II
El primer objetivo de Mill al defender el utilitarismo es clarificar la doctrina. Intenta hacer esto de dos maneras: exponiendo los equívocos y exponiendo el principio en forma correcta. Comienza por oponerse a aquellos que erróneamente asocian "utilidad" con placer y dolor.
No
merece más que un comentario de pasada el despropósito, basado en la
ignorancia, de suponer que aquellos que defienden la utilidad como criterio de
lo correcto y lo incorrecto utilizan el término en aquel sentido restringido y
meramente coloquial en el que la utilidad se opone al placer. Habrá que
disculparse con los oponentes del utilitarismo por tan siquiera la impresión
que pudiera haberse dado momentáneamente de confundirlos con personas capaces
de tal absurda y errónea interpretación. Interpretación que, por lo demás,
resulta de lo más sorprendente en la medida en que la acusación contraria, la
de vincular todo al placer, y ello también en la forma más burda del mismo, es
otra de las que habitualmente se hacen al utilitarismo.
Como
ha sido atinadamente señalado por un autor perspicaz, el mismo tipo de
personas, y a menudo exactamente las mismas personas, denuncian esta teoría
como «impracticablemente austera cuando la palabra 'utilidad' precede a la
palabra 'placer', y como demasiado voluptuosa en la práctica, cuando la palabra
'placer' precede a la palabra 'utilidad'». Quienes saben algo del asunto están
enterados de que todos los autores, desde Epicuro hasta Bentham, que
mantuvieron la teoría de la utilidad, entendían por ella no algo que ha de
contraponerse al placer, sino el propio placer junto con la liberación del
dolor y que en lugar de oponer lo útil a lo agradable o a lo ornamental, han
declarado siempre que lo útil significa, entre otras, estas cosas.
Con
todo, la masa común, incluyendo la masa de escritores no sólo de los diarios y
periódicos sino de libros de peso y pretensiones, están cometiendo
continuamente este trivial error. Habiéndose apoderado de la palabra
'utilitarista', pero sin saber nada acerca de la misma más que como suena,
habitualmente expresan mediante ella el rechazo o el olvido del placer en
alguna de sus formas: de la belleza, el ornato o la diversión. Por lo demás, no
sólo se utiliza erróneamente este término por motivos de ignorancia, a modo de
censura, sino, en ocasiones, de forma elogiosa, como si implicase superioridad
respecto a la frivolidad y los meros placeres del momento. Y este uso viciado
es el único en el que la palabra es popularmente conocida y aquél a partir del
cual la nueva generación está adquiriendo su única noción acerca de su
significado. Quienes introdujeron la palabra, pero durante muchos años la
descartaron como una apelación distintiva, es posible que se sientan obligados
a recuperarla, si al hacerlo esperan contribuir de algún modo a rescatarla de
su completa degradación.
Framento 2. Ibid.
Concisamente, Mill define la doctrina de la utilidad.
El
credo que acepta como fundamento de la moral la Utilidad, o el Principio de la
mayor Felicidad, mantiene que las acciones son correctas (right) en la medida en que tienden a promover la felicidad,
incorrectas (wrong) en cuanto tiende
a producir lo contrario a la felicidad. Por felicidad se entiende el placer y
la ausencia de dolor; por infelicidad el dolor y la falta de placer. Para ofrecer
una idea clara del criterio moral que esta teoría establece es necesario
indicar mucho más: en particular, qué cosas incluye en las ideas de dolor y
placer, y en qué medida es ésta una cuestión a debatir. Pero estas
explicaciones suplementarias no afectan a la teoría de la vida sobre la que se
funda esta teoría de la moralidad –a saber, que el placer y la exención del
sufrimiento son las únicas cosas deseables como fines–; y que todas las cosas deseables (que son tan numerosas en
el Proyecto utilitarista como en cualquier otro) son deseables ya bien por el
placer inherente a ellas mismas, o como medios para la promoción del placer y
la evitación del dolor.
Fragmento 3. Ibid.
Aun cuando se entienda
claramente que el principio de utilidad se dirige a los placeres y dolores,
permanece la acusación de que es una doctrina "de puercos". Este
equívoco se debe a un fallo en reconocer que los placeres varían tanto en grado
como en clase.
Ahora bien, tal teoría de la vida provoca en muchas
mentes, y entre ellas en algunas de las más estimables en sentimientos y
objetivos, un fuerte desagrado. Suponer que la vida no posea (tal como ellos lo
expresan) ninguna finalidad más elevada que el placer –ningún objeto mejor y
más noble de deseo y búsqueda– lo califican como totalmente despreciable y
rastrero, como una doctrina sólo digna de los puercos, a los que se asociaba a
los seguidores de Epicuro en un principio, siendo, en algunas ocasiones, los
modernos defensores de esta doctrina igualmente víctimas de tan corteses
comparaciones por parte de sus detractores alemanes, franceses e ingleses.
Cuando
se les atacaba de este modo, los epicúreos han contestado siempre que no son
ellos, sino sus acusadores, los que ofrecen una visión degradada de la
naturaleza humana; ya que la acusación supone que los seres humanos no son
capaces de experimentar más placeres que los que puedan experimentar los
puercos. Si esta suposición fuese cierta, la acusación no podría ser desmentida,
pero ya no sería un reproche, puesto que si las fuentes del placer fueran
exactamente iguales para los seres humanos y para los cerdos, la regla de vida
que fuera lo suficientemente buena para los unos sería lo suficientemente buena
para los otros. Resulta degradante la comparación de la vida epicúrea con la de
las bestias precisamente porque los placeres de una bestia no satisfacen la
concepción de felicidad de un ser humano. Los seres humanos poseen facultades
más elevadas que los apetitos animales, y una vez que son conscientes de su
existencia no consideran como felicidad nada que no incluya la gratificación de
aquellas facultades. Desde luego que no considero que los epicúreos hayan
derivado, en modo alguno, de forma irreprochable su teoría de lo que se sigue
de la aplicación del principio utilitarista. Para hacerlo de un modo adecuado
sería necesario incluir muchos elementos estoicos, así como cristianos. Con
todo, no existe ninguna teoría conocida de la vida epicúrea que no asigne a los
placeres del intelecto, de los sentimientos y de la imaginación, y de los
sentimientos morales, un valor mucho más elevado en cuanto placeres que a los
de la pura sensación.
Debe admitirse, sin embargo, que los utilitaristas, en general, han basado la superioridad de los placeres mentales sobre los corporales, principalmente en la mayor persistencia, seguridad, menor costo, etc. de los primeros, es decir, en sus ventajas circunstanciales más que en su naturaleza intrínseca. En todos estos puntos los utilitaristas han demostrado satisfactoriamente lo que defendían, pero bien podrían haber adoptado la otra formulación, más elevada, por así decirlo, con total consistencia. Es del todo compatible con el principio de utilidad el reconocer el hecho de que algunos tipos de placer son más deseables y valiosos que otros. Sería absurdo que mientras que al examinar todas las demás cosas se tiene en cuenta la calidad además de la cantidad, la estimación de los placeres se supusiese que dependía tan sólo de la cantidad.
Fragmento
4. Ibid.
La superioridad de un tipo de placer sobre otro la
determina propiamente quien tiene experiencia de ambos. Tales jueces
competentes, sostiene Mill, prefieren los placeres de las facultades superiores
a aquellos de las inferiores.
Si
se me pregunta qué entiendo por diferencia de calidad en los placeres, o qué
hace a un placer más valioso que a otro, simplemente en cuanto placer, a no ser
que sea su mayor cantidad, sólo existe una única posible respuesta. De entre
dos placeres, si hay uno al que todos, o casi todos los que han experimentado
ambos, conceden una decidida preferencia, independientemente de todo
sentimiento de obligación moral para preferirlo, ese es el placer más deseable.
Si aquellos que están familiarizados con ambos colocan a uno de los dos tan por
encima del otro que lo prefieren, aun sabiendo que va acompañado de mayor
cantidad de molestias, y no lo cambiarían por cantidad alguna que pudieran
experimentar del otro placer, está justificado que asignemos al goce preferido
una superioridad de muy poca importancia.
Ahora
bien, es un hecho incuestionable que quienes están igualmente familiarizados
con ambas cosas y están igualmente capacitados para apreciarlas y gozarlas,
muestran realmente una preferencia máximamente destacada por el modo de
existencia que emplea las capacidades humanas más elevadas. Pocas criaturas
humanas consentirían en transformarse en alguno de los animales inferiores ante
la promesa del más completo disfrute de los placeres de una bestia. Ningún ser
humano inteligente admitiría convertirse en un necio, ninguna persona culta
querría ser un ignorante, ninguna persona con sentimientos y conciencia querría
ser egoísta y depravada, aun cuando se le persuadiera de que el necio, el
ignorante o el sinvergüenza pudieran estar más satisfechos con su suerte que
ellos con la suya. No cederían aquello que poseen y los otros no, a cambio de
la más completa satisfacción de todos los deseos que poseen en común con estos
otros. Si alguna vez imaginan que lo harían es en casos de desgracia tan
extrema que por escapar de ella cambiarían su suerte por cualquier otra, por
muy despreciable que resultase a sus propios ojos. Un ser con facultades
superiores necesita más para sentirse feliz, probablemente está sujeto a
sufrimientos más agudos, y ciertamente los experimenta en mayor número de
ocasiones que un tipo inferior. Sin embargo, a pesar de estos riesgos, nunca
puede desear de corazón hundirse en lo que él considera que es un grado más
bajo de existencia.
Podemos
ofrecer la explicación que nos plazca de esta negativa. Podemos atribuirla al
orgullo, nombre que se da indiscriminadamente a algunos de los más y a algunos
de los menos estimables sentimientos de los que la humanidad es capaz. Podemos
achacar tal negativa al amor a la libertad y la independencia, apelando a lo
cual los estoicos conseguían inculcarla de la manera más eficaz. O achacarla al
amor al poder, al amor a las emociones, cosas ambas que están comprendidas en
ella y a ella contribuyen. Sin embargo, lo más indicado es apelar a un sentido
de dignidad que todos los seres humanos poseen en un grado u otro, y que guarda
alguna correlación, aunque en modo alguno perfecta, con sus facultades más
elevadas y que constituye una parte tan esencial de la felicidad de aquellos en
los que este sentimiento es fuerte, que nada que se le oponga podría constituir
más que un objeto momentáneo de deseo para ellos. Quien quiera que suponga que
esta preferencia tiene lugar al precio de sacrificar la felicidad –que el ser
superior es, en igualdad de circunstancias, menos feliz que el inferior–
confunde los dos conceptos totalmente distintos de felicidad y contento. Es
indiscutible que el ser cuyas capacidades de goce son pequeñas tiene más
oportunidades de satisfacerlas plenamente; por el contrario, un ser muy bien
dotado siempre considerará que cualquier felicidad que pueda alcanzar, tal como
el mundo está constituido, es imperfecta. Pero puede aprender a soportar sus
imperfecciones, si son en algún sentido soportables. Imperfecciones que no le
harán envidiar al ser que, de hecho, no es consciente de ellas, simplemente
porque no experimenta en absoluto el bien que hace que existan imperfecciones.
Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un
Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho. Y si el necio o el cerdo opinan
de un modo distinto es a causa de que ellos sólo conocen una cara de la
cuestión. El otro miembro de la comparación conoce ambas caras.
Fragmento 5. Ibid.
Mill pasa a descartar los juicios de aquellos que abandonan los placeres superiores por los inferiores, explicando que ellos son incapaces, ya sea por incapacidad inherente o por falta de oportunidades, de disfrutar de los placeres superiores. Los únicos jueces finales y competentes son los que han experimentado el espectro completo de placeres.
También
puede objetarse que muchos que al principio muestran un entusiasmo juvenil por
todo lo noble, a medida que adquieren más edad se dejan sumir en la indolencia
y el egoísmo. Sin embargo, yo no creo que aquellos que experimentan este
cambio, muy habitual, elijan voluntariamente los placeres inferiores con
preferencia a los más elevados. Considero que antes de dedicarse exclusivamente
a los primeros han perdido la capacidad para los segundos. La capacidad para
los sentimientos más nobles es, en la mayoría de los seres, una planta muy
tierna, que muere con facilidad, no sólo a causa de influencias hostiles sino
por la simple carencia de sustento; y en la mayoría de las personas jóvenes se
desvanece rápidamente cuando las ocupaciones a que les ha llevado su posición
en la vida o en la sociedad en la que se han visto arrojados no han favorecido
el que mantengan en ejercicio esa capacidad más elevada. Los hombres pierden
sus aspiraciones elevadas al igual que pierden sus gustos intelectuales, por no
tener tiempo ni oportunidad de dedicarse a ellos. Se aficionan a placeres
inferiores no porque los prefieran deliberadamente, sino porque o ya bien son
los únicos a los que tienen acceso, o bien los únicos para los que les queda
capacidad de goce. Puede cuestionarse que alguien que se haya mantenido
igualmente capacitado para ambos tipos de placer haya jamás preferido de forma
deliberada y ponderada el más bajo, aunque muchos, en todas las épocas, se
hayan destruido en un intento fallido de combinarlos.
Considero inapelable este veredicto emitido por los
únicos jueces competentes. En relación con la cuestión de cuál de dos placeres
es el más valioso, o cuál de dos modos de existencia es el más gratificante
para nuestros sentimientos, al margen de sus cualidades morales o sus
consecuencias, el juicio de los que están cualificados por el conocimiento de
ambos o, en caso de que difieran, el de la mayoría de ellos, debe ser admitido
como definitivo. Es preciso que no haya dudas en aceptar este juicio respecto a
la calidad de los placeres, ya que no contamos con otro tribunal, ni siquiera
en relación con la cuestión de la cantidad. ¿Qué medio hay para determinar cuál
es el más agudo de dos dolores, o la más intensa de dos sensaciones
placenteras, excepto el sufragio universal de aquellos que están familiarizados
con ambos? ¿Con qué contamos para decidir si vale la pena perseguir un
determinado placer a costa de un dolor particular a no ser los sentimientos y
juicio de quien 1os experimenta?
Cuando, por consiguiente, tales sentimientos y juicio declaran que los
placeres derivados de las facultades superiores son preferibles como clase,
aparte de la cuestión de la intensidad, a aquellos que la naturaleza animal, al
margen de las facultades superiores, es capaz de experimentar, merecen la misma
consideración respecto a este tema.
Fragmento 6. Ibid.
El principio de la máxima felicidad queda reformulado para incluir la distinción hecha entre los aspectos cuantitativos y los cualitativos del placer.
Me he detenido en este punto por ser un elemento necesario para una concepción perfectamente adecuada de la Utilidad o Felicidad considerada como la regla directriz de la conducta humana. Sin embargo, no constituye en modo alguno una condición indispensable para la aceptación del criterio utilitarista, ya que tal criterio no lo constituye la mayor felicidad del propio agente, sino de la mayor cantidad total de felicidad. Si puede haber alguna posible duda acerca de que una persona noble pueda ser más feliz a causa de su nobleza, lo que sí no puede dudarse es de que hace más felices a los demás y que el mundo en general gana inmensamente con ello. El utilitarismo, por consiguiente, sólo podría alcanzar sus objetivos mediante el cultivo general de la nobleza de las personas, aun en el caso de que cada individuo sólo se beneficiase de la nobleza de los demás y la suya propia, por lo que a la felicidad se refiere, contribuya a una clara reducción del beneficio. Pero la simple mención de algo tan absurdo como esto último hace superflua su refutación.
Conforme
al Principio de la Mayor Felicidad, tal como se explicó anteriormente, el fin
último, con relación al cual y por el cual todas las demás cosas son deseables
(ya estemos considerando nuestro propio bien o el de los demás), es una
existencia libre, en la medida de lo posible, de dolor y tan rica como sea
posible en goces, tanto por lo que respecta a la cantidad como a la calidad,
constituyendo el criterio de la calidad y la regla para compararla con la
cantidad, la preferencia experimentada por aquellos que, en sus oportunidades
de experiencia (a lo que debe añadirse su hábito de auto-reflexión y
auto-observación), están mejor dotados de los medios que permiten la
comparación. Puesto que dicho criterio es, de acuerdo con la opinión
utilitarista, el fin de la acción humana, también constituye necesariamente el
criterio de la moralidad, que puede definirse, por consiguiente, como «las
reglas y preceptos de la conducta humana» mediante la observación de los cuales
podrá asegurarse una existencia tal como se ha descrito, en la mayor medida
posible, a todos los hombres. Y no sólo a ellos, sino, en tanto en cuanto la
naturaleza de las cosas lo permita, a las criaturas sintientes en su totalidad.
Fragmento 7. Ibid.
Se continúa con el proceso de clarificación a través de la exposición de distintas objeciones a la doctrina y de su respectiva respuesta. Por ejemplo, el argumento de que el utilitarismo es inválido porque la felicidad no puede ser alcanzada es respondido por Mill con una descripción realista de la felicidad, y una sugerencia sobre los medios sociales para alcanzarla.
Cuando, sin embargo, se afirma de este modo, positivamente, que es
imposible una vida humana feliz, se trata si no de una especie de juego de palabras,
sí por lo menos de una exageración. Si por felicidad se entiende una continua
emoción altamente placentera, resulta bastante evidente que esto es imposible.
Un estado de placer exaltado dura sólo unos instantes, o, en algunos casos, y
con algunas interrupciones, horas o días, constituyendo el ocasional brillante
destello del goce, no su llama permanente y estable. De esto fueron tan
conscientes los filósofos que enseñaron que la felicidad es el fin de la vida,
como aquellos que los vituperan. La felicidad a la que se referían los primeros
no es la propia de una vida de éxtasis, sino de momentos de tal goce, en una
existencia constituida por pocos y transitorios dolores, por muchos y variados
placeres, con un decidido predominio del activo sobre el pasivo, y teniendo
como fundamento de toda la felicidad no esperar de la vida más de lo que la
vida pueda dar. Una vida así constituida ha resultado siempre, a quienes han
sido lo suficientemente afortunados para disfrutar de ella, acreedora del nombre
de felicidad. Y tal existencia, incluso ahora, ya le ha tocado en suerte a
muchas personas durante una parte importante de su vida. La desafortunada
educación actual, así como las desafortunadas condiciones sociales actuales son
el único obstáculo para que sea patrimonio de todo el mundo.
Quienes ponen objeciones a esto tal vez pondrán en
duda el que los seres humanos, si se les enseña a considerar la felicidad como
el fin de la vida, se puedan sentir satisfechos con una porción tan moderada de
felicidad. Sin embargo, gran número de personas se han contentado con mucho menos.
Los principales factores de una vida satisfactoria resultan ser dos,
cualquiera de los cuales puede por sí solo ser suficiente para tal fin: la
tranquilidad y la emoción. Poseyendo mucha tranquilidad muchos encuentran que
pueden conformarse con muy poco placer. Con mucha emoción, muchos pueden
tolerar una considerable cantidad de dolor. Con toda seguridad, no existe
ninguna imposibilidad a priori de que
sea factible, ni tan siquiera para la gran masa de la humanidad, el reunir
ambas cosas, ya que éstas, lejos de ser incompatibles, forman una alianza
natural, siendo la prolongación de cada una preparación para la excitación del
deseo de la otra. Sólo aquellos para quienes la indolencia se convierte en un
vicio no desean emociones después de un intervalo de reposo. Sólo aquellos para
quienes la necesidad de emociones es una enfermedad experimentan la
tranquilidad que sigue a las emociones como aburrida y estúpida, en lugar de
placentera en razón directa a la emoción que la precedió.
Cuando las personas que son tolerablemente afortunadas con relación a los bienes externos no encuentran en la vida goce suficiente que la haga valiosa para ellos, la causa radica generalmente en la falta de preocupación por lo demás. Para aquellos que carecen de afectos tanto públicos como privados, las emociones de la vida se reducen en gran parte, y en cualquier caso pierden valor conforme se aproxima el momento en el que todos los intereses egoístas se acaban con la muerte; mientras que aquellos que dejan tras de sí objetos de afecto personal, y especialmente aquellos que han cultivado un sentimiento de solidaridad respecto a los intereses colectivos de la humanidad, mantienen en la víspera de su muerte un interés tan vivo por la vida como en el esplendor de su juventud o su salud. Después del egoísmo, la principal causa de una vida insatisfactoria es la carencia de la cultura intelectual. Una mente cultivada –no me refiero a la de un filósofo, sino a cualquier mente para la que estén abiertas las fuentes del conocimiento y a la que se le ha enseñado en una medida tolerable a ejercitar sus facultades– encuentra motivos de interés perenne en cuanto le rodea. En los objetos de la naturaleza, las obras de arte, las fantasías poéticas, los incidentes de la historia, el comportamiento de la humanidad pasada y presente y sus proyectos de futuro.
Fragmento 8. Ibid.
Otra objeción que Mill responde es que el utilitarismo es moralmente incompatible con las acciones de sacrificio personal que son tan reverenciados en nuestra cultura cristiana. En un análisis más cercano, los actos de autosacrificio que consideramos buenos, obtienen su valor de la promoción del bien general, aunque conlleven la negación de la felicidad individual. Esto no se debe tomar como que la felicidad de un individuo es menos importante que la de otro cualquiera.
Entre tanto, no deben dejar de proclamar los utilitaristas la
moralidad de la abnegación (self-devotion)
como una posesión a la que tienen tanto derecho como los estoicos o los
transcendentalistas. La moral utilitarista reconoce en los seres humanos la
capacidad de sacrificar su propio mayor bien por el bien de los demás. Sólo se
niega a admitir que el sacrificio sea en sí mismo un bien. Un sacrificio que no
incremente o tienda a incrementar la suma total de la felicidad se considera
como inútil. La única auto-renuncia que se aplaude es el amor a la felicidad, o
a alguno de los medios que conducen a la felicidad, de los demás, ya bien de la
humanidad colectivamente, o de individuos particulares, dentro de los límites
que imponen los intereses colectivos de la humanidad.
Debo repetir nuevamente que los detractores del utilitarismo raras
veces le hacen justicia y reconocen que la felicidad que constituye el criterio
utilitarista de lo que es correcto en una conducta no es la propia felicidad
del agente, sino la de todos los afectados. Entre la felicidad personal del
agente y la de los demás, el utilitarista obliga a aquél a ser tan
estrictamente imparcial como un espectador desinteresado y benevolente. En la
regla de oro de Jesús de Nazaret encontramos todo el espíritu de la ética de la
utilidad: «Compórtarte con los demás como quieras que los demás se comporten
contigo» y «Amar al prójimo como a ti mismo» constituyen la perfección ideal de
la moral utilitarista. Como medio para alcanzar más aproximadamente este ideal,
la utilidad recomendará, en primer término, que las leyes y organizaciones
sociales armonicen en lo posible la felicidad o (como en términos prácticos
podría denominarse) los intereses de cada individuo con los intereses del
conjunto. En segundo lugar, que la educación y la opinión pública, que tienen
un poder tan grande en la formación humana, utilicen de tal modo ese poder que
establezcan en la mente de todo individuo una asociación indisoluble entre su
propia felicidad y el bien del conjunto, especialmente entre su propia
felicidad y la práctica de los modos de conducta negativos y positivos que la
felicidad prescribe; de tal modo que no sólo no pueda concebir la felicidad
propia en la conducta que se oponga al bien general, sino también de forma que
en todos los individuos el impulso directo de mejorar el bien general se
convierta en uno de los motivos habituales de la acción y que los sentimientos
que se conecten con este impulso ocupen un lugar importante y destacado en la
experiencia sintiente de todo ser humano. Si los que rechazan la moral
utilitarista se la presentasen ante su intelecto en este su auténtico sentido,
no sé qué cualidades por cualquier otra moral podrían afirmar en modo alguno
que echaban en falta, o qué desarrollo más armónico y profundo de la naturaleza
humana puede esperarse que propicie algún otro sistema ético, o en qué motivaciones,
no accesibles al utilitarismo, pueden basarse tales sistemas para hacer
efectivos sus mandatos.
Fragmento 9. Ibid.
A la objeción de que la
gente no está constituida para estar motivada siempre por el interés social,
Mill responde que esto es cierto, pero que en ninguna forma invalida su tesis.
El principio de la mayor felicidad no
es esencial como motivo de conducta, pero es esencial como regla por medio de
la cual la conducta se juzga y se sanciona. La
cuestión psicológica de la motivación es distinta de las cuestiones éticas de
obligación y evaluación. La evaluación moral se dirige a acciones y a la manera
en la cual afectan la felicidad general.
Afirman que es una exigencia excesiva el pedir que la gente actúe
siempre inducida por la promoción del interés general de la sociedad. Pero esto
supone no entender el verdadero significado de un modelo de moral y confundir
la regla de acción con el motivo que lleva a su cumplimiento. Es tarea de la
ética la de indicarnos cuáles son nuestros deberes o mediante qué pruebas
podemos conocerlos, pero ningún sistema ético exige que el único motivo de
nuestro actuar sea un sentimiento del deber. Por el contrario, el noventa y
nueve por ciento de todas nuestras acciones se realizan por otros motivos, cosa
que es del todo correcta si la regla del deber no los condena. Resulta
totalmente injusto hacer objeciones al utilitarismo en base a lo anteriormente
mencionado cuando precisamente los moralistas utilitaristas han ido más allá
que casi todos los demás al afirmar que el motivo no tiene nada que ver con la
moralidad de la acción, aunque si mucho con el mérito del agente. Quien salva a
un semejante de ser ahogado hace lo que es moralmente correcto, ya sea su
motivo el deber o la esperanza de que le recompensen por su esfuerzo. Quien traiciona
al amigo que confía en él es culpable de un crimen, aun cuando su objetivo sea
servir a otro amigo con quien tiene todavía mayores obligaciones (3). Pero si
nos limitamos a hablar de acciones realizadas por motivos de deber y en
obediencia inmediata a principios, es interpretar erróneamente el pensamiento
utilitarista el imaginar que implica que la gente debe fijar su mente en algo
tan general como el mundo o la sociedad en su conjunto.
La gran mayoría de las acciones están pensadas no para beneficio del
mundo sino de los individuos a partir de los cuales se constituye el bien del
mundo y no es preciso que el pensamiento del hombre más virtuoso cabalgue, en
tales ocasiones, más allá de las personas afectadas, excepto en la medida en
que sea necesario asegurarse de que al beneficiarles no está violando los
derechos, es decir, las expectativas legítimas y autorizadas de nadie más. La
multiplicación de la felicidad es, conforme a la ética utilitarista, el objeto
de la virtud: las ocasiones en las que persona alguna (excepto una entre mil)
tiene en sus manos el hacer esto a gran escala –en otras palabras ser un benefactor
público– no son sino excepcionales; y sólo en tales ocasiones se le pide que
tome en consideración la utilidad pública. En todos los demás casos, todo lo
que tiene que tener en cuenta es la utilidad privada, el interés o felicidad de
unas cuantas personas. Sólo aquellos cuyas acciones influyen hasta abarcar la
sociedad en general tienen necesidad habitual de ocuparse de un objeto tan
amplio. Por supuesto que en el caso de las omisiones, es decir, las cosas que
la gente deja de hacer a causa de consideraciones morales, aun cuando las
consecuencias de un caso particular pudieran ser beneficiosas, sería indigno de
un agente inteligente no percatarse conscientemente de que la acción es de un
tipo tal que, si se practicase generalmente sería dañina, y que este es el fundamento
de la obligación de omitir tal acción. El grado de consideración del interés
público implícito en este reconocimiento no es mayor que el que exigen todos
los sistemas morales ya que todos aconsejan abstenerse de aquello que es
manifiestamente pernicioso para la sociedad.
Fragmento 10. El Utilitarismo, Cap. III
Después de aclarar las
mayores incomprensiones acerca del principio de utilidad, Mill se propone
investigar cuál puede ser su última justificación.
Se
formula a menudo la cuestión, con toda propiedad, respecto a cualquier supuesto
criterio moral: ¿Cuál es su sanción? ¿Cuáles son los motivos de obediencia? O,
de modo más específico: ¿Cuál es la fuente de la que deriva su obligatoriedad?
¿De dónde procede su fuerza vinculante?
Es una tarea necesaria de la filosofía moral la de proporcionar
respuesta a esta cuestión que, aun cuando con frecuencia se presupone que es
una objeción a la moralidad utilitarista –como si tuviera una mayor aplicación
a esta doctrina que a las demás–, se origina, en realidad, con relación a todos
los criterios. De hecho, se plantea siempre que se le pide a alguien que adopte un criterio, o que refiera la
moralidad a alguna base en la que no tiene costumbre de fundamentarla. Sólo la
moralidad establecida, aquella que la educación y la opinión pública han
consagrado, es la única que se presenta ante la mente como siendo en sí misma obligatoria. Cuando a una
persona se le pide que considere que esta moralidad deriva su
obligatoriedad de algún principio general en torno al cual la costumbre no ha
colocado el mismo halo, tal
afirmación le resulta una paradoja: Los supuestos corolarios parecen poseer una
fuerza más vinculante que el teorema original. La superestructura parece
componérselas mejor sin aquello que se presenta como su fundamento. La persona
que se encuentra en tal situación se dice a sí misma: Siento que estoy obligada
a no robar, no matar, no traicionar, no mentir, pero ¿por qué estoy obligada a
promover la felicidad general? Si mi
propia felicidad radica en algo distinto, ¿por qué no he de darle preferencia?
Fragmento 11. Ibid.
Mill argumenta que, aunque las sanciones externas –sociales y sobrenaturales– refuerzan el principio utilitarista, no nos obligan a seguirlo. Por sí mismas, las sanciones no pueden obligarnos satisfactoriamente a ningún principio moral, ya que las personas quedan verdaderamente obligadas sólo cuando sienten en su interior que el principio es vinculante. Es nuestro "sentimiento de la humanidad" el que nos proporciona la última sanción del principio de utilidad, y Mill llama a esto sanción interna.
El principio de la utilidad, o bien cuenta con todas las sanciones con las que cuenta cualquier otro sistema moral, o por lo menos no hay razón alguna para que no pudiera contar con ellas. Dichas sanciones son ya bien externas o internas. De las sanciones externas no es necesario hablar demasiado. Se trata de la esperanza de conseguir el favor y el temor al rechazo de nuestros semejantes o el Regidor del Universo, junto con los sentimientos efectivos o de empatía que podamos sentir hacia ellos, o el amor o temor que nos inspire, inclinándonos a cumplir su voluntad independientemente de las consecuencias consideradas desde un punto de vista egoísta. Evidentemente no hay razón por la que estos tres motivos en su conjunto no puedan vincularse con la moralidad utilitarista con la misma intensidad y fuerza como con cualquier otra. De hecho, aquellas sanciones que se refieren a nuestros semejantes es seguro que serán más eficaces en proporción a la aceptación general de que gocen. Exista o no exista algún otro fundamento de la obligación moral que no sea la felicidad general, los hombres efectivamente desean la felicidad y, por muy imperfectos que sean en su propia actuación al respecto, desean y recomiendan en los demás toda conducta hacia ellos mismos mediante la cual consideren que se promociona su felicidad.
Respecto a la motivación religiosa, si los hombres creen, como la
mayoría de ellos mantiene, en la bondad de Dios, quienes piensan que el hecho
de ser conducente a la felicidad general es la esencia, o incluso el único
criterio, de la bondad deben creer, necesariamente, que eso es también lo que
Dios aprueba. Por consiguiente, tanto la fuerza toda de las recompensas y
castigos externos, ya sean físicos o morales, ya procedan de Dios o de nuestros
semejantes, junto con todo aquello que la capacidad de la naturaleza humana
presenta como desinteresada devoción por ambos, pueden ser utilizados para
reforzar la moralidad utilitarista, en tanto en cuanto tal moralidad sea reconocida,
y tanto más en la medida en que la educación y el cultivo general de la persona
contribuyen a tal propósito.
Hasta aquí, por lo que a las sanciones externas se refiere. En cuanto
a la sanción interna del deber, cualquiera que sea nuestro criterio del deber,
es siempre la misma: un sentimiento en nuestro propio espíritu, un dolor más o
menos intenso que acompaña a la violación del deber, que en las naturalezas
morales adecuadamente cultivadas lleva, en los casos más graves, a que sea
imposible eludir el deber. Este sentimiento cuando es desinteresado y se
relaciona con la idea pura del deber y no con alguna forma particular del
mismo, o con alguna de las circunstancias meramente accesorias, constituye la
esencia de la conciencia. Ocurre, sin embargo, que en este fenómeno tan complejo,
tal como ahora se presenta, el hecho desnudo aparece en general arropado con
asociaciones colaterales derivadas de la simpatía, el amor, y todavía en mayor
medida el temor, como asimismo de todas las formas de sentimiento religioso, de
los recuerdos de nuestra infancia y vida pasada, de la autoestima, del deseo de
estimación por parte de los demás e incluso, en ocasiones, de autohumillación.
Estas complicaciones extremas, en mi opinión, son el origen del tipo
de carácter místico que –debido a una tendencia del espíritu humano del que
contamos con otros muchos ejemplos– suele atribuirse a la idea de la obligación
moral, que lleva a la gente a creer que dicha idea no puede asociarse en modo
alguno a otros objetos que no sean aquellos que, a causa de una supuesta misteriosa
ley, encontramos en nuestra experiencia actual que la producen.
Sin embargo, su fuerza vinculante se debe a la existencia de una serie
de sentimientos que deben violentarse para llevar a cabo lo que se opone a
nuestro criterio de lo correcto, los cuales, a su vez, si no obstante
contravenimos dicho criterio, probablemente reaparecerán posteriormente en
forma de remordimiento. Cualquiera que sea la teoría de la que dispongamos
acerca de la naturaleza u origen de la conciencia, esto es en esencia lo que la
constituye.
Siendo,
por consiguiente, la sanción última de toda moralidad (al margen de los motivos
externos) un sentimiento subjetivo de nuestro propio espíritu, no veo ninguna
dificultad para aquellos que siguen el criterio de utilidad, a la hora de
enfrentarse a la cuestión de cuál es la sanción de ese criterio en particular.
Aquí podemos contestar, al igual que con respecto a todos los restantes criterios
morales: los sentimientos conscientes de la humanidad. No cabe duda de que esta
sanción no tiene fuerza vinculante en aquellos que no poseen los sentimientos a
los que se apela. Sin embargo, también es cierto que estas personas tampoco
estarán más dispuestas a obedecer a ningún otro principio moral distinto al
utilitarista. Sobre ellos no ejerce influencia alguna la moralidad de cualquier
signo que sea, a no ser a través de sanciones externas. Por lo demás, existen
sentimientos, como hecho de la naturaleza humana, cuya realidad, así como el
gran poder que son capaces de ejercer en aquellos que han sido debidamente
educados, es algo probado por la experiencia. Jamás se ha demostrado que no
puedan ser cultivados por los utilitaristas tan intensamente como por cualquier
otra regla moral.
Fragmento 12. Ibid.
Independientemente de si este "sentimiento de la humanidad" es innato o adquirido, Mill sostiene que puede ser una fuerza poderosa y una base sólida para el principio utilitarista.
No es necesario, para los fines presentes, decidir si el sentimiento
de deber es innato o adquirido. Presuponiendo que sea innato, queda por
resolver a qué objetos se une naturalmente, ya que los que apoyan
filosóficamente dicha teoría coinciden ahora en que lo que se percibe
intuitivamente son los principios de la moralidad, no sus detalles. De haber
algo innato de este tipo, no veo la razón por la que el sentimiento innato no
pudiera ser el de la consideración de los placeres y los dolores de los demás.
Si existe algún principio moral que sea intuitivamente obligatorio, yo diría
que éste debe serlo. De ser así la ética intuicionista coincidiría con la
utilitarista y ya no habría lugar a más disputas entre ambas. Incluso tal como
están ahora las cosas los moralistas intuicionistas, aunque consideran que
existen otras obligaciones morales intuidas ya consideran, en efecto, que ésta
es una de ellas, por cuanto unánimemente mantienen que una gran parte de la moralidad consiste en la consideración debida de
los intereses de nuestros semejantes. Por consiguiente, de ser cierto que la
creencia en el origen trascendental de la obligación moral otorgue alguna
eficacia adicional a la sanción interna, considero que el principio
utilitarista ya puede disfrutar de este beneficio.
Por otra parte, si, como yo creo, los sentimientos morales no son
innatos sino adquiridos, no son por ello menos naturales. Es natural que un
hombre hable, razone, construya ciudades, cultive la tierra, etc., aunque ello
implique facultades adquiridas. Los sentimientos morales no son, desde luego,
una parte de nuestra naturaleza en el sentido de encontrarse en grado
perceptible presentes en todos nosotros, cosa que tienen que admitir
forzosamente aquellos que creen con más fuerza en su origen trascendental. Al
igual que las demás capacidades adquiridas a las que nos hemos referido
anteriormente, la facultad moral, si bien no es parte de nuestra naturaleza, es
un producto natural de ella. Puede desarrollarse, como las anteriormente
citadas capacidades, en un determinado grado, espontáneamente, siendo
susceptible de alcanzar, mediante su cultivo, un elevado grado de desarrollo.
Desafortunadamente, también es susceptible, mediante un uso suficiente de
sanciones externas y la fuerza de las impresiones primeras, de ser cultivado
casi en cualquier sentido, de modo que no hay nada, por absurdo y maligno que
sea, que no pueda hacer que actúe, mediante dichas influencias, sobre el
espíritu humano con toda la autoridad de la conciencia. El dudar de que pueda
conferírsele, utilizando los mismos medios, una fuerza igual al principio de la
utilidad, aun cuando careciese de fundamento en la naturaleza humana, supondría
dar la espalda a la experiencia.
Sin embargo, las asociaciones morales que son totalmente una creación
artificial, conforme avanza el cultivo del intelecto, se rinden poco a poco a
la fuerza disolvente del análisis, de suerte que si el sentimiento del deber
cuando se asocia con la utilidad se presentase como igualmente arbitrario, si
no existiese una parte importante de nuestra naturaleza, o alguna clase de
sentimientos poderosos con los que pudiese armonizarse tal asociación, y que
nos hiciese sentirla como algo propio, inclinándonos no sólo a desarrollarla en
los demás (para lo cual contarnos con bastantes motivos interesados), sino
incluso a apreciarla en nosotros mismos, si no existiese, en suma, una base
sentimental natural para la moralidad utilitarista, bien pudiera ocurrir que
también esta asociación, incluso después de haber sido implantada mediante la
educación, pudiera desvanecerse mediante el análisis.
Sin embargo, esta base de sentimientos naturales
potentes existe, y es ella la que, una vez que el principio de la felicidad
general sea reconocido como criterio ético, constituirá la fuerza de la moralidad
utilitarista. Esta base firme la constituyen los sentimientos sociales de la
humanidad –el deseo de estar unidos con nuestros semejantes, que ya es un
poderoso principio de la naturaleza humana y, afortunadamente, uno de los que
tienden a robustecerse incluso sin que sea expresamente inculcado dada la
influencia del progreso de la civilización.
Fragmento 13. Ibid.
La descripción que Mill hace del origen y naturaleza del sentimiento de la humanidad puede servir como conclusión adecuada a su exposición del principio de la mayor felicidad.
El concepto profundamente arraigado que todo
individuo, incluso en el presente estadio, tiene ya de sí mismo como ser
social, tiende a hacerle experimentar que uno de sus deseos naturales es el de
que se produzca una armonía entre sus sentimientos y objetivos y los de sus
semejantes. Si las diferencias de opinión y de cultura intelectual hacen que le
sea imposible compartir los sentimientos reales de los demás tal vez incluso le
hagan condenar y rechazar tales sentimientos –sin embargo, tiene que ser
consciente de que su objetivo real y el de los demás no son excluyentes–. Es
decir, tiene que comprender que no se opone a lo que los demás realmente desean
con vistas, pongamos por caso, a su propio bien, sino que, por el contrario,
está contribuyendo a su consecución. En la mayoría de los individuos este
sentimiento es mucho menos profundo que los sentimientos de tipo egoísta, y a
menudo se carece de él por completo. Mas, quienes lo experimentan, son
poseedores de algo que presenta todas las características de un sentimiento
natural. No lo consideran como una superstición fruto de la educación, o una
ley impuesta despóticamente por la fuerza de la sociedad, sino como un atributo
del que no deberían prescindir. Esta convicción es la sanción última de la
moralidad de la mayor felicidad. Ella es la que hace a cualquier mente a la que
acompañen sentimientos bien desarrollados trabajar conjuntamente con, y no en
contra de, los motivos exteriores que nos llevan a preocuparnos de los demás,
motivos que son promovidos por lo que yo he denominado sanciones externas.
Cuando no existen estas últimas sanciones, o actúan en dirección opuesta, la
convicción mencionada constituye en sí misma una poderosa fuerza interna
vinculante, que guarda proporción con la sensibilidad y madurez del individuo.
Sólo aquellos que carecen de toda idea de moralidad podrían soportar llevar una
vida en la que se planease no tornar en consideración a los demás a no ser en
la medida en que viniese exigido por los propios intereses privados.