KARL MARX: LA MORAL COMO IDEOLOGÍA[1]

 

El más exitoso reformador social del siglo XIX, Karl Marx (1818-1883) nació en la ciudad prusiana de Trier. Karl fue el hijo mayor de una familia numerosa de origen judío, pero él creció en un ambiente protestante. Sus padres se convirtieron al luteranismo poco después de las leyes antijudías de 1816, que excluían a los judíos del ejercicio profesional. Consecuentemente, al padre de Karl se le permitió continuar con su carrera legal y así seguir sosteniendo a su familia.

 

En su juventud, Karl Marx fue influido por su futuro suegro, Ludwig von Westphalen, un oficial del gobierno prusiano muy culto. El aprecio de Marx por la literatura clásica y la confianza que tenía en sus propias capacidades intelectuales puede que tenga su origen en von Westphalen. Después de unos breves estudios de leyes en la Universidad de Bonn, fue transferido a la Universidad de Berlin, donde sus intereses cambiaron hacia la filosofía. En 1841, recibió su doctorado en la Universidad de Jena. Dos años más tarde, en contra de los deseos muchos familiares, se casó con Jenny von Westphalen. A pesar de las críticas y de muchas tribulaciones, su largo matrimonio fue un matrimonio de mutua devoción.

 

Mientras estudiaba en la Universidad de Berlín, Marx fue influido por Hegel (1770-1831), cuyo idealismo absoluto era la filosofía dominante en Alemania. Karl se unió a un grupo hegeliano radical que encontraba la idea de Hegel de que todo lo real es racional y todo lo racional es real, muy convincentes: el Espíritu Absoluto o Mente que se autoconstituye, del cual el ser humano es una especial encarnación, es la esencia de la realidad en todos sus aspectos y su configuración temporal (la historia). El neófito Marx y otros se interesaban más en aplicar la filosofía de Hegel a las situaciones concretas que en los problemas internos de la doctrina.

 

Poco después de terminar su disertación, Marx conoció la filosofía de Ludwig Feuerbach (1804-1872), y quedó muy impresionado con ella. Feuerbach proponía una “correción” del hegelianismo, la cual, tal y como fue laboriosamente llevada a cabo por Marx, constituyó la clave del futuro marxismo. Feuerbach sostenía que es el orden material el que determina el orden mental, y no al revés; además, creía que la idea de un Espíritu Absoluto o Dios era una mera proyección de los sentimientos y deseos humanos, los cuales eran la consecuencia de las situaciones materiales prevalecientes. Marx estaba convencido de que, con ajustes e reinterpretaciones, la estructura y los conceptos organizativos de la filosofía hegeliana podrían sostener este cambio radical de una forma de idealismo a una forma de materialismo. Por ejemplo, en Hegel, la historia humana es un reflejo de la sucesión de estadios dialécticamente relacionados en el proceso de autoconstitución del Espíritu Absoluto; pero, en Marx, la historia es reflejo de la sucesión de estadios dialécticamente relacionados en la evolución del ambiente material (económico).

 

La reputación de Marx como reformista social y político se convirtió en un problema para las autoridades alemanas, y en consecuencia tomaron medidas para suprimir su trabajo. Marx y su esposa se trasladaron entonces a París, por aquella época centro para artistas e intelectuales de todas las ideologías. Allí conocieron a Friedrich Engels (1820-1895), que se convirtió en su colega y amigo personal. Después de ser expulsado de París –en un intento de complacer a los alemanes–, Marx se retiró a Bruselas, conde él y Engels formaron la Liga Internacional Comunista. Allí escribieron el Manifiesto del partido comunista (1848), que se convirtió en el programa de la Liga. Como resultado de su participación en la abortada revolución de París de 1849, Marx fue excluido de los principales centros intelectuales del Continente. Encontró asilo político en Inglaterra, donde él y su familia vivieron por el resto de sus vidas.

 

Aunque trabajó como periodista, publicando artículos sobre asuntos europeos en el periódico radical New York Daily Tribune durante diez años, Marx dedicó la mayor parte de su tiempo a perfeccionar su teoría del socialismo. Su primer tratamiento sistemático de la economía apareció en 1859, y el primer volumen de su obra magna, El Capital, en 1867 (los otros dos volúmenes, recopilados y editados por Engels, aparecieron en 1885 y 1894). Cuando Marx murió, a la edad de 65 años, se había convertido en una figura mundial gracias a sus escritos.

 

Impresionados por los aspectos más crueles de la Revolución Industrial (como la explotación de las clases trabajadoras), y convencidos de la visión histórica de que los cambios sociales son consecuencia de los conflictos entre clases, Marx y Engels concluyeron que una reforma de la sociedad era tan inevitable como conveniente. Comprender el desarrollo de la visión filosófica de Marx, en la que hay elementos de ética pero no un sistema ético conscientemente formulado, requiere un análisis de por lo menos cuatro conceptos:  materialismo histórico, ideología, alineación y plusvalía.

 

De acuerdo con la doctrina marxista del materialismo histórico, todas las instituciones humanas, el pensamiento y las acciones tienen una base económica. El desarrollo intelectual, político y social de un individuo está condicionado por el modo de producción de los medios materiales de la existencia. Aquellos que controlan el sistema económico en el que viven y trabajan los seres humanos determinan qué ideas sobre la historia, el arte, la religión y la filosofía prevalecerán en una época determinada. Los estándares y las ideas morales, falsamente pensadas por los filósofos como productos de la razón pura, están asimismo condicionadas por “las condiciones materiales (económicas) de la existencia”.

 

Como se ha visto, Marx creía que todos los sistemas de pensamiento están inextricablemente conectados con los intereses de la clase social que controla los medios materiales de subsistencia. En contraste, Marx consideraba que los sistemas filosóficos abstractos eran engaños, “formas de idelogía”. Para Marx, la ideología representaba una falsa conciencia de los hechos sociales y económicos de la vida. Típicamente, aparecía en las creencias de los pensadores tradicionales que no estaban conscientes de la fuerza impulsora (las realidades económicas) que subyacía a sus concepciones, y que creían, erróneamente, que su sistema era una creación pura de su mente. De esta forma, se pueden comprender las razones de la crítica de Marx a todos los teóricos de la ética que formulaban principios universales de conducta. Estos moralistas no ven que las exigencias morales son meras racionalizaciones diseñadas por las clases económicas dominantes, y que, al cambar esas clases, también cambia la moral. Como Marx y Engels lo expresan:

 

Cada nueva clase, que se pone a sí misma en el lugar de la clase dominante anterior a ella, se mueve únicamente a la consecución de sus intereses, y los presenta  como si fueran el interés común de toda la sociedad. La clase dominante da a sus ideas la forma de universalidad, y las presenta como las únicas racionales y universalmente válidas[2].

 

La filosofía moral de Kant, basada en un principio formal y abstracto de la razón llamado imperativo categórico, sería esa forma específica de ideología que Marx critica. De hecho, cuando Marx asegura que “los comunistas no predican ninguna moral”, está diciendo que la moral, en general, es un sinsentido.

 

Pero Marx no sostuvo la misma perspectiva sobre la moral a lo largo de su vida. Algunos filósofos contemporáneos han descubierto que sus escritos constituyen un ejemplo de relativismo moral, esto es, la doctrina que sostiene que lo que es bueno para una sociedad no es necesariamente bueno para otra, incluso si la situación en ambos grupos es similar. Bajo esta interpretación, Marx sostendría la concepción ética de que todo juicio de valor (de lo correcto y lo incorrecto) sirve a los intereses de una clase en particular en un momento histórico en particular. Por ejemplo, Marx admitiría fácilmente que la economía capitalista puede ser condenada (o evaluada críticamente) desde el punto de vista de la clase trabajadora, como un sistema económico que no sirve a sus intereses. Otras clases sociales tendrían juicios distintos. En consecuencia, Marx negaría que pueda existir un juicio objetivo de valor, completamente independiente de los intereses de todas las clases sociales, ya que eso constituiría el fundamento tradicional, tipificado por Kant, que él condenaba. Esto es, de hecho, lo que Marx tenía en mente cuando caracterizaba la moral como ideología. Pero la última palabra sobre cuál es la interpretación correcta de la visión ética de Marx todavía no ha sido dicha.

 

Elementos de ética se encuentran claramente presentes en el tratado Manuscritos Económicos y Filosóficos (1844). Marx adopta el concepto moral de Hegel de la alineación, y le da una interpretación materialista al comparar el trabajo alienado con la actividad productiva. Al tratar sobre este tema, empieza con la pregunta tradicional en ética: ¿Cómo alcanzan su realización auténtica los seres humanos? La respuesta a la pregunta es el trabajo. Para Marx, la historia proporciona suficiente evidencia de que la vida humana no está sólo sostenida sino también modelada por la actividad productiva. La calidad de nuestras vidas depende de la calidad del trabajo en que nos comprometemos. Los seres humanos se desarrollan como tales (esto es, adquieren su sentido de identidad, el orgullo y las metas) a través de un trabajo lleno de sentido. Pero esto se puede lograr sólo bajo las condiciones sociales en las cuales los trabajadores estén íntimamente vinculados a sus obras, en el sentido de que los productos sean el cumplimiento de sus propias ideas y aspiraciones[3]. Desafortunadamente, insiste Marx, lo contrario es lo que sucede en la sociedad en la que el trabajo es alienado o externalizado. Es una condición deprimente en la cual los trabajadores no encuentran satisfacción en sus actividades porque no están comprometidos en un trabajo significativo relacionado con sus propios fines. Más bien, están obligados a entregar los productos con el fin de sostener la vida corporal. El sistema capitalista ejemplifica el trabajo alienado porque los trabajadores producen bienes para alguien distinto, y sólo se les da lo necesario para mantenerse vivos, para seguir produciendo. Más aún, cada trabajador está alienado de los demás, como un engranaje aislado, un apéndice de una máquina. Los trabajadores no pueden siquiera compartir esperanzas ni aspiraciones. En términos de Marx, la codicia –simbolizada en el deseo del capitalista de dinero y propiedad privada– es la causa de la explotación y de la alineación obrera. Ambos males podrán ser superados solamente cuando los obreros tomen el control de los medios de producción.

 

Explicar cómo sobreviene la revolución de los trabajadores (el proletariado) está directamente relacionado con el concepto marxista de plusvalía. En El Capital, Marx sostiene que el valor significa la cantidad de trabajo socialmente necesario para producir un bien, mientras la plusvalía se refiere al porcentaje del trabajo social que excede lo que es necesario para mantener viva a la clase trabajadora. Lo que los capitalistas (la burguesía) compran de los trabajadores es su “poder de trabajo”, esto es, su capacidad para trabajar, pero no su producto. Si los trabajos terminados no excedieran el costo de vida de los trabajadores, el capitalista no tendría nunca motivos para contratarlos. A los trabajadores se les paga solamente por el valor de su trabajo, pero ellos producen más de lo que reciben. Para Marx, esta plusvalía es una medida de la explotación obrera.

 

Por supuesto, la competencia entre aquellos que controlan los medios de producción los fuerza a utilizar la clase obrera de la manera más eficiente posible. Esto conduce a organización a gran escala, la cual constituye el mayor logro de la eficiencia empresarial. La consolidación y acumulación del capital van de la mano. Los capitalistas se vuelven más ricos, mientras los obreros más pobres, conduciendo así a la inevitable lucha de clases y a la final victoria del proletariado[4]. Según Marx, el sistema capitalista “siembra la semilla de su propia destrucción”. Este estado de cosas es seguido por la subida al poder del proletariado, que toma bajo su control los instrumentos de producción y la distribución de la riqueza, y forma una sociedad sin clases (esto es, una “asociación libre de productores bajo su control consciente”). El proletariado, siendo mayoría, representará los intereses de toda la sociedad. Marx concluye que la resultante sociedad socialista (comunista), con su nueva estructura económica, será libre de todas las formas de alineación y explotación. Más aún, los conflictos sociales cesarán, porque su causa, la distinción de clases, no existirá. Las diferencias de clases serán vistas como reliquias del capitalismo y estadios tempranos del desarrollo social.



[1] Traducido de: Denise, Peterfreund y White, Great Traditions in Ethics, Belmont, Ca.: Wadsworth, 1996, pp. 239-244.

[2] K. Marx y F. Engels, La ideología alemana.

[3] Marx está influido aquí por el idealismo filosófico de Hegel: los pensadores están “relacionados internamente” a sus pensamientos en tanto las ideas son afines sólo a las mentes. Para Marx, existe la misma relación entre los seres humanos como productores y sus creaciones. Sin embargo, bajo el capitalismo, los productores son separados de sus productos; son considerados “comodities” en tanto sus actividades pertenecen a alguien más. Los individuos, cuyo trabajo alguna vez fue espontáneo y significativo, queda reducido a mero medio.

[4] Marx y Engels aceptaban el principio lógico de Hegel de la dialéctica –que el pensamiento procede por una serie de contradicciones (conflictos) y resoluciones en la forma de síntesis más altas–, pero aplicaron ese principio a los sistemas sociales. Cada sociedad, producto de su estructura económica, genera su opuesto (su antítesis), lo cual lleva a un nuevo estadio en el desarrollo social. Este proceso, que Marx y Engels llamaron  materialismo dialéctico, es su forma de explicar los cambios sociales a través de la historia.