IMMANUEL KANT. SELECCIÓN DE TEXTOS
Selección de textos y comentarios de Denise, Peterfreund y White, Great
Traditions in Ethics, Belmont, Ca.: Wadsworth, 1996. Traducción de los
comentarios: M. Polanco. Fuente de los textos en español: M. Kant, Fundamentación
de la metafísica de las costumbres. Trad. De Manuel García Morente. Madrid:
Espasa Calpe, 1946.
Fragmento
1: FMC, Primera sección
Como un preámbulo a la construcción
de una filosofía moral pura, Kant hace un análisis crítico de las cosas
comúnmente consideradas "bienes", como la salud, la riqueza y la
amistad. Al preguntarse bajo qué condiciones estas cosas pueden ser consideradas
"bienes", concluye que no son bienes bajo cualquier circunstancia,
sino sólo en tanto y en cuanto estén unidos a algo que es el único bien sin
reservas: la buena voluntad. Para Kant, la buena voluntad representa el
esfuerzo de los seres racionales por hacer lo que tienen que hacer, en lugar de
actuar por inclinación o por interés propio.
Ni en
el mundo, ni, en general, tampoco fuera del mundo, es posible pensar nada que
pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad.
El entendimiento, el gracejo, el Juicio, o como quieran llamarse los talentos
del espíritu; el valor, la decisión, la perseverancia en los propósitos, como
cualidades del temperamento, son, sin duda, en muchos respectos, buenos y
deseables; pero también pueden llegar a ser extraordinariamente malos y dañinos
si la voluntad que ha de hacer uso de estos dones de la naturaleza, y cuya
peculiar constitución se llama por eso carácter, no es buena. Lo mismo sucede
con los dones de la fortuna. El poder, la riqueza, la honra, la salud misma y
la completa satisfacción y el contento del propio estado, bajo el nombre de
felicidad, dan valor, y tras él, a veces arrogancia, si no existe una buena
voluntad que rectifique y acomode a un fin universal el influjo de esa
felicidad y con él el principio todo de la acción; sin contar con que un
espectador razonable e imparcial, al contemplar las ininterrumpidas bienandanzas
de un ser que no ostenta el menor rasgo de una voluntad pura y buena, no podrá
nunca tener satisfacción, y así parece constituir la buena voluntad la
indispensable condición que nos hace dignos de ser felices.
Fragmento
2: Ibid.
La buena voluntad no es buena porque
alcance buenos resultados. Aun cuando no fuera capaz de alcanzar los fines que
persigue, sería un bien en sí misma, y tendría un valor más alto que las cosas
superficiales alcanzadas por medio de acciones inmorales. (Nótese que "inmoral"
no quiere decir aquí malo, sino hecho por otro motivo distinto al deber.)
La
buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice, no es buena por su
adecuación para alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto; es buena sólo por
el querer, es decir, es buena en sí misma. Considerada por sí misma, es, sin
comparación, muchísimo más valiosa que todo lo que por medio de ella pudiéramos
verificar en provecho o gracia de alguna inclinación y, si se quiere, de la
suma de todas las inclinaciones. Aun cuando, por particulares enconos del azar
o por la mezquindad de una naturaleza madrastra, le faltase por completo a esa
voluntad la facultad de sacar adelante su propósito; si, a pesar de sus mayores
esfuerzos, no pudiera llevar a cabo nada y sólo quedase la buena voluntad –no,
desde luego como un mero deseo sino como el acopio de todos los medios que
están en nuestro poder–, sería esa buena voluntad como una joya brillante por
sí misma, como algo que en sí mismo posee su pleno valor. La utilidad o la
esterilidad no pueden ni añadir ni quitar nada a ese valor. Serían, por decirlo
así, como la montura, para poderla tener más a la mano en el comercio vulgar o
llamar la atención de los poco versados; que los peritos no necesitan de tales
reclamos para determinar su valor.
Fragmento
3: Ibid.
La experiencia muestra que la razón no
es el mejor instrumento para conseguir la felicidad. Si la naturaleza hubiera
pretendido que los seres humanos fuéramos felices, nos habría proveído con un
instinto para este fin. Lo que observamos es que entre más cultiva la gente la
razón, menos posibilidades tienen de alcanzar la felicidad. Kant concluye que
la razón no está prevista para producir felicidad, sino para producir buena
voluntad.
Sin
embargo, en esta idea del valor absoluto de la mera voluntad, sin que entre en
consideración ningún provecho al apreciarla, hay algo tan extraño que,
prescindiendo de la conformidad en que la razón vulgar misma está con ella,
tiene que surgir la sospecha de que acaso el fundamento de todo esto sea meramente
una sublime fantasía y que quizá hayamos entendido falsamente el propósito de
la naturaleza, al darle a nuestra voluntad la razón como directora. Por lo cual
vamos a examinar esa idea desde este punto de vista.
Admitimos
como principio que en las disposiciones naturales de un ser organizado, esto
es, arreglado con finalidad para la vida, no se encuentra un instrumento,
dispuesto para un fin, que no sea el más propio y adecuado para ese fin. Ahora
bien, si en un ser que tiene razón y una voluntad, fuera el fin propio de la
naturaleza su conservación, su bienandanza, en una palabra, su felicidad, la
naturaleza habría tomado muy mal sus disposiciones al elegir la razón de la
criatura para encargarla de realizar aquel su propósito. Pues todas las
acciones que en tal sentido tiene que realizar la criatura y la regla toda de
su conducta se las habría prescrito con mucha mayor exactitud el instinto; y
éste hubiera podido conseguir aquel con mucha mayor seguridad que la razón
puede nunca alcanzar. Y si había que gratificar a la venturosa criatura además
con la razón, ésta no tenía que haberle servido sino para hacer consideraciones
sobre la feliz disposición de su naturaleza, para admirarla, regocijarse por
ella y dar las gracias a la causa bienhechora que así la hizo, mas no para someter
su facultad de desear a esa débil y engañosa dirección, echando así por tierra
el propósito de la naturaleza; en una palabra, la naturaleza habría impedido
que la razón se volviese hacia el uso práctico y tuviese el descomedimiento de meditar ella misma, con sus
endebles conocimientos, el bosquejo de la felicidad y de los medios a ésta
conducentes; la naturaleza habría recobrado para sí, no sólo la elección de los
fines, sino también de los medios mismos, y con sabia precaución hubiéralos
ambos entregado al mero instinto.
En
realidad, encontramos que cuanto más se preocupa una razón cultivada del
propósito de gozar la vida y alcanzar la felicidad, tanto más el hombre se
aleja de la verdadera satisfacción; por lo cual muchos, y precisamente los más
experimentados en el uso de la razón, acaban por sentir –sean lo bastante sinceros
para confesarlo– cierto grado de misología u odio a la razón, porque,
computando todas las ventajas que sacan, no digo ya de la invención de las
artes todas del lujo vulgar, sino incluso de las ciencias –que al fin y al cabo
aparécenles como un lujo del entendimiento–, encuentran, sin embargo, que se
han echado más penas y dolores que felicidad hayan podido ganar, y más bien
envidian que desprecian al hombre vulgar, que está más propicio a la dirección
del mero instinto natural y no consiente su razón que ejerza gran influencia en
su hacer y omitir. Y hasta aquí hay que confesar que el juicio de los que
rebajan mucho y hasta declaran inferiores a cero los rimbombantes encomios de
los grandes provechos que la razón nos ha de proporcionar para el negocio de la
felicidad y satisfacción en la vida, no es un juicio de hombres entristecidos o
desagradecidos a las bondades del gobierno del universo; que en esos tales
juicios está implícita la idea de otro y mucho más digno propósito y fin de la
existencia, para el cual, no para la felicidad, está destinada propiamente la
razón; y ante ese fin, como suprema condición, deben inclinarse casi todos los
peculiares fines del hombre.
Pues
como la razón no es bastante apta para dirigir seguramente a la voluntad, en lo
que se refiere a los objetos de ésta y a la satisfacción de nuestras necesidades
–que en parte la razón misma multiplica–, a cuyo fin nos hubiera conducido
mucho mejor un instinto natural ingénito; como, sin embargo, por otra parte,
nos ha sido concedida la razón como facultad práctica, es decir, como una
facultad que debe tener influjo sobre la voluntad, resulta que el destino
verdadero de la razón tiene que ser el de producir una voluntad buena, no en
tal o cual respecto, como medio, sino buena en sí misma, cosa para lo cual era la razón necesaria absolutamente,
si es así que la naturaleza en la distribución de las disposiciones ha
procedido por doquiera con un sentido de finalidad. Esta voluntad no ha de ser
todo el bien, ni el único bien; pero ha de ser el bien supremo y la condición
de cualquier otro, incluso el deseo de felicidad, en cuyo caso se puede muy
bien hacer compatible con la sabiduría de la naturaleza, si se advierte que el
cultivo de la razón, necesario para aquel fin primero e incondicionado,
restringe en muchos modos, por lo menos en esta vida, la consecución del
segundo fin, siempre condicionado, a saber: la felicidad, sin que por ello la
naturaleza se conduzca contrariamente a su sentido finalista, porque la razón,
que reconoce su destino práctico supremo en la fundación de una voluntad buena,
no puede sentir en el cumplimiento de tal propósito más que una satisfacción de
especie peculiar, a saber, la que nace de la realización de un fin que sólo la
razón determina, aunque ello tenga que ir unido a algún quebranto para los
fines de la inclinación.
Fragmento
4: Ibid.
Kant procede luego a explicar la
relación entre la buena voluntad y el deber: buena voluntad es aquella que en
todo busca cumplir con el deber. De hecho, las acciones humanas tienen valor
propio solamente si se hacen por deber. Las acciones que resultan de la
inclinación (sentimiento) o interés propio, pueden ser dignas de alabanza si
sucede que, por cualquier razón, concuerdan con el deber, pero no tienen valor
moral en sí. Por ejemplo, una mujer que logra mantenerse en una rutina de vida
que se conforma con el deber, estaría actuando por una inclinación que va de
acuerdo con su deber, pero que no procede del deber. Por otra parte, preservar
la vida que ha convertido en una carga, solamente porque el deber así lo manda,
es moralmente correcto.
Kant no quiere decir que cumplir con
el deber es siempre, o casi siempre, desagradable. Sin embargo, cuando nuestros
deseos nos conducen a acciones que de hecho se conforman con el deber, no
podemos estar seguros de que la conciencia del deber, más que la inclinación,
fue nuestro motivo. Podemos discernir mejor el componente "deber" de
nuestras motivaciones, cuando lo aislamos de otras motivaciones. Por eso es que
Kant escoge ejemplos que son más bien fríos y poco agradables.
Kant advierte que aquellos que no
alcanzan a comprender adecuadamente el concepto de deber pueden estar tentados
a actuar por motivos que no van de acuerdo con el deber o que pueden ser
contrarios a él. Pero cada acción hecha en conformidad con el deber no es suficiente;
sólo el respeto por el deber da a una acción valor moral intrínseco.
Para
desenvolver el concepto de una voluntad digna de ser estimada por sí misma, de
una voluntad buena sin ningún propósito ulterior, tal como ya se encuentra en
el sano entendimiento natural, sin que necesite ser enseñado, sino, más bien
explicado, para desenvolver ese concepto que se halla siempre en la cúspide de
toda la estimación que hacemos de nuestras acciones y que es la condición de
todo lo demás, vamos a considerar el
concepto del deber, que contiene el de una voluntad buena, si bien bajo ciertas
restricciones y obstáculos subjetivos, los cuales, sin embargo, lejos de
ocultarlo y hacerlo incognoscible, más bien por contraste lo hacen resaltar y
aparecer con mayor claridad.
Prescindo
aquí de todas aquellas acciones conocidas ya como contrarias al deber, aunque
en este o aquel sentido puedan ser útiles; en efecto, en ellas ni siquiera se
plantea la cuestión de si pueden suceder por deber, puesto que ocurren en
contra de éste. También dejaré a un lado las acciones que, siendo realmente
conformes al deber, no son de aquellas hacia las cuales el hombre siente
inclinación inmediatamente; pero, sin embargo, las lleva a cabo porque otra
inclinación le empuja a ello. En efecto; en estos casos puede distinguirse muy
fácilmente si la acción conforme al deber ha sucedido por deber o por una
intención egoísta. Mucho más difícil de notar es esa diferencia cuando la
acción es conforme al deber y el sujeto, además, tiene una inclinación inmediata
hacia ella. Por ejemplo: es, desde luego, conforme al deber que el mercader no
cobre más caro a un comprador inexperto; y en los sitios donde hay mucho
comercio, el comerciante avisado y prudente no lo hace, en efecto, sino que
mantiene un precio fijo para todos en general, de suerte que un niño puede
comprar en su casa tan bien como otro cualquiera. Así, pues, uno es servido
honradamente. Mas esto no es ni mucho menos suficiente para creer que el
mercader haya obrado así por deber, por principios de honradez: su provecho lo
exigía; mas no es posible admitir además que el comerciante tenga una
inclinación inmediata hacia los compradores, de suerte que por amor a ellos,
por decirlo así, no haga diferencias a ninguno en el precio. Así, pues, la
acción no ha sucedido ni por deber ni por inclinación inmediata, sino simplemente
con una intención egoísta.
En
cambio, conservar cada cual su vida es un deber, y además todos tenemos una
inmediata inclinación a hacerlo así. Mas, por eso mismo, el cuidado angustioso
que la mayor parte de los hombres pone en ello no tiene un valor interior, y la
máxima que rige ese cuidado carece de un contenido moral. Conservan su vida
conformemente al deber, sí; pero no por deber. En cambio, cuando las
adversidades y una pena sin consuelo han arrebatado a un hombre todo el gusto
por la vida, si este infeliz, con ánimo entero y sintiendo más indignación que
apocamiento o desaliento, y aun deseando la muerte, conserva vida, sin amarla,
sólo por deber y no por inclinación o miedo, entonces su máxima sí tiene un
contenido moral.
Fragmento
5: Ibid.
Por medio de un ejemplo, Kant diferencia
el comportamiento meramente encomiable de la acción moral. Las acciones
altruistas que resultan de los sentimientos de sociabilidad merecen alabanza y
estímulo, pero no puede decirse de ellas que posean valor moral en sentido
estricto.
Ser
benéfico en cuanto se puede es un deber; pero, además, hay muchas almas tan
llenas de conmiseración, que encuentran un placer íntimo en distribuir la
alegría en torno suyo, sin que a ello les impulse ningún movimiento de vanidad
o de provecho propio, y que pueden regocijarse del contento de los demás, en
cuanto que es su obra. Pero yo sostengo que, en tal caso, semejantes actos, por
muy conformes que sean al deber, por muy dignos de amor que sean, no tienen,
sin embargo, un valor moral verdadero y corren parejas con otras inclinaciones;
por ejemplo, con el afán de honras, el cual, cuando, por fortuna, se refiere a
cosas que son en realidad de general provecho, conformes al deber y, por tanto,
honrosas, merece alabanzas y estímulos, pero no estimación; pues le falta a la
máxima contenido moral, esto es, que las tales acciones sean hechas, no por
inclinación, sino por deber.
Pero
supongamos que el ánimo de ese filántropo está envuelto en las nubes de un
propio dolor, que apaga en él toda conmiseración por la suerte del prójimo;
supongamos, además, que le queda todavía con qué hacer el bien a otros miserables,
aunque la miseria ajena no le conmueve, porque le basta la suya para ocuparle;
si entonces, cuando ninguna inclinación le empuja a ello, sabe desasirse de esa
mortal insensibilidad y realiza la acción benéfica sin inclinación alguna, sólo
por deber, entonces, y sólo entonces, posee esta acción su verdadero valor
moral. Pero hay más aún: un hombre a quien la naturaleza haya puesto en el
corazón poca simpatía; un hombre que, siendo, por lo demás, honrado, fuese de
temperamento frío e indiferente a los dolores ajenos, acaso porque él mismo
acepta los suyos con el don peculiar de la paciencia y fuerza de resistencia, y
supone estas mismas cualidades, o hasta las exige, igualmente en los demás; un
hombre como éste –que no sería de seguro el peor producto de la naturaleza–,
desprovisto de cuanto es necesario para ser un filántropo, ¿no encontraría, sin
embargo, en sí mismo cierto germen capaz de darle un valor mucho más alto que
el que pueda derivarse de un temperamento bueno? ¡Es claro que sí! Precisamente
en ello estriba el valor del carácter moral, del carácter que, sin comparación,
es el supremo: en hacer el bien, no por inclinación, sino por deber.
Fragmento
6: Ibid.
La primera proposición ética de
Kant, entonces, es que un acto debe ser hecho por el deber, si quiere tener
valor moral. Su segunda proposición es un desarrollo de la primera: un acto
hecho por deber obtiene su valor moral, no por los resultados que produce, sino
por el principio por el cual está determinado.
La
segunda proposición es ésta: una acción hecha por deber tiene su valor moral,
no en el propósito que por medio de
ella se quiere alcanzar sino en la máxima por la cual ha sido resuelta; no depende,
pues, de la realidad del objeto de la acción, sino meramente del principio del
querer, según el cual ha sucedido la acción, prescindiendo de todos los objetos
de la facultad del desear. Por lo anteriormente dicho se ve con claridad que
los propósitos que podamos tener al realizar las acciones, y los efectos de
éstas, considerados como fines y motores de la voluntad, no pueden proporcionar
a las acciones ningún valor absoluto y moral. ¿Dónde, pues, puede residir este
valor, ya que no debe residir en la voluntad, en la relación con los efectos
esperados? No puede residir sino en el principio
de la voluntad, prescindiendo de los fines que puedan realizarse por medio
de la acción, pues la voluntad, puesta entre su principio a priori, que
es formal, y su resorte a posteriori, que es material, se encuentra, por
decirlo así, en una encrucijada, y como ha de ser determinada por algo, tendrá
que ser determinada por el principio formal del querer en general, cuando una
acción sucede por deber, puesto que todo principio material le ha sido
sustraído.
Fragmento
7: Ibid.
Las primeras dos proposiciones
llevan a Kant a dar una definición de deber. La acción moralmente buena es
aquella que es hecha sólo por reverencia a la ley, y su único e incondicionado
valor deriva de esta fuente.
La
tercera proposición, consecuencia de las dos anteriores, la formularía yo de
esta manera: el deber es la necesidad
de una acción por respeto a la
ley. Por el objeto, como efecto de la
acción que me propongo realizar, puedo, sí, tener inclinación, mas nunca
respeto, justamente porque es un efecto y no una actividad de una
voluntad. De igual modo, por una
inclinación en general, ora sea mía, ora sea de cualquier otro, no puedo tener
respeto: a lo sumo, puedo, en el primer caso, aprobarla y, en el segundo, a
veces incluso amarla, es decir, considerarla como favorable a mi propio
provecho. Pero objeto del respeto, y por ende mandato, sólo puede serlo aquello
que se relacione con mi voluntad como simple fundamento y nunca como efecto, aquello
que no esté al servicio de mi inclinación, sino que la domine, al menos la
descarte por completo en el cómputo de la elección, esto es, la simple ley en
sí misma. Una acción realizada por
deber, tiene empero, que excluir por completo el influjo de la inclinación, y
con ésta todo objeto de la voluntad; no queda, pues, otra cosa que pueda
determinar la voluntad, si no es, objetivamente, la ley y, subjetivamente, el
respeto puro a esa ley práctica, y, por tanto, la máxima de obedecer siempre a
esa ley, aun con perjuicio de todas mis inclinaciones.
Así,
pues, el valor moral de la acción no reside en el efecto que de ella se espera,
ni tampoco, por consiguiente, en ningún principio de la acción que necesite
tomar su fundamento determinante en ese efecto esperado, pues todos esos
efectos –el agrado del estado propio, o incluso el fomento de la felicidad
ajena– pudieron realizarse por medio de otras causas, y no hacía falta para
ello la voluntad de un ser racional, que es lo único en donde puede, sin embargo,
encontrarse el bien supremo y absoluto. Por tanto, no otra cosa, sino sólo la representación
de la ley en sí misma –la cual desde luego no se encuentra más que en el
ser racional–, en cuanto que ella y no el efecto esperado es el fundamento
determinante de la voluntad, puede constituir ese bien tan excelente que
llamamos bien moral, el cual está presente ya en la persona misma que obra
según esa ley, y que no es lícito esperar de ningún efecto de la acción.
Fragmento
8: Ibid.
El principio supremo o ley de la
moralidad que la persona buena debe seguir es el imperativo categórico. Los
seres racionales, en cuanto actúan racionalmente, serán guiados siempre por
principios éticos o máximas que pueden ser adoptados por cualquier otro sin
generar contradicción.
Pero
¿cuál puede ser esa ley cuya representación, aun sin referirnos al efecto que
se espera de ella, tiene que determinar la voluntad, para que ésta pueda
llamarse buena en absoluto y sin restricción alguna? Como he sustraído la voluntad
a todos los afanes que pudieran apartarla del cumplimiento de una ley, no queda
nada más que la universal legalidad de las acciones en general –que debe ser el
único principio de la voluntad–; es decir, yo no debo obrar nunca más que de
modo que pueda querer que mi máxima deba convertirse en ley universal.
Aquí es la mera legalidad en general –sin poner por fundamento ninguna ley
determinada a ciertas acciones– la que sirve de principio a la voluntad, y
tiene que servirle de principio si el deber no ha de ser por doquiera una vana
ilusión y un concepto quimérico; y con todo esto concuerda perfectamente la
razón vulgar de los hombres en sus juicios prácticos, y el principio citado no
se aparta nunca de sus ojos.
Sea,
por ejemplo, la pregunta siguiente: ¿me es lícito, cuando me hallo apurado,
hacer una promesa con el propósito de no cumplirla? Fácilmente hago aquí la
diferencia que puede comportar la significación de la pregunta: de si es
prudente o de si es conforme al deber hacer una falsa promesa. Lo primero puede
suceder, sin duda, muchas veces. Ciertamente, veo muy bien que no es bastante
el librarme, por medio de ese recurso, de una perplejidad presente, sino que
hay que considerar detenidamente si no podrá ocasionarme luego esa mentira
muchos más graves contratiempos que estos que ahora consigo eludir; y como las
consecuencias, a pesar de cuanta astucia me precie de tener, no son tan
fácilmente previsibles que no pueda suceder que la pérdida de la confianza en
mí sea mucho más desventajosa para mí que el daño que pretendo ahora evitar,
habré de considerar si no sería más sagaz conducirme en este punto según una
máxima universal y adquirir la costumbre de no prometer nada sino con el
propósito de cumplirlo. Pero pronto veo claramente que una máxima como ésta se
funda sólo en las consecuencias inquietantes. Ahora bien; es cosa muy distinta ser veraz por deber de serlo o
serlo por temor a las consecuencias perjudiciales; porque, en el primer caso,
el concepto de la acción en sí mismo contiene ya una ley para mí, y en el
segundo, tengo que empezar por observar alrededor cuáles efectos para mí puedan
derivarse de la acción. Si me aparto del principio del deber, de seguro es ello
malo; pero si soy infiel a mi máxima de la sagacidad, puede ello a veces serme
provechoso, aun cuando desde luego es más seguro permanecer adicto a ella. En
cambio, para resolver de la manera más breve, y sin engaño alguno, la pregunta
de si una promesa mentirosa es conforme al deber, me bastará preguntarme a mí
mismo: ¿me daría yo por satisfecho si mi máxima –salir de apuros por medio de
una promesa mentirosa– debiese valer como ley universal tanto para mí como para
los demás? ¿Podría yo decirme a mí mismo: cada cual puede hacer una promesa
falsa cuando se halla en un apuro del que no puede salir de otro modo? Y bien
pronto me convenzo de que, si bien puedo querer mentira, no puedo empero,
querer una ley universal de mentir; pues, según esta ley, no habría propiamente
ninguna promesa, porque sería vano fingir a otros mi voluntad respecto mis
futuras acciones, pues no creerían en ese mi fingimiento, o si, por
precipitación lo hicieren, pagaríanme con la misma moneda; por tanto, mi
máxima, tan pronto como se tornase ley universal, destruiríase a sí misma.
Fragmento
9: FMC, Segunda sección.
Kant distingue entre el imperativo
categórico y el imperativo hipotético. El primero, un mandato incondicional,
prescribe las acciones que deben hacerse por el valor moral de la máxima, y no
por las consecuencias que pueden resultar. En contraste, el imperativo
hipotético es un mandato condicional que recomienda lo que debe hacerse si se
quiere alcanzar un determinado resultado. Por ejemplo, "Uno debe decir la
verdad porque es un principio moral" es un imperativo categórico, mientras
"Si quieres evitar el castigo, debes decir la verdad" es un
imperativo hipotético.
La
representación de un principio objetivo, en tanto que constructivo para una
voluntad, llámase mandato (de la razón), y la forma del mandato llámase imperativo.
Todos
los imperativos exprésanse por medio de un "debe ser" y muestran así
la relación de una ley objetiva de la razón a una voluntad que, por su constitución
subjetiva, no es determinada necesariamente por tal ley (una constricción). Dicen que fuera bueno hacer u omitir algo;
pero lo dicen a una voluntad que no siempre hace algo sólo por que se le
represente que es bueno hacerlo. Es, empero, prácticamente bueno lo que
determina la voluntad por medio de representaciones de la razón y, consiguientemente,
no por causas subjetivas, sino objetivas, esto es, por fundamentos que son
válidos para todo ser racional como tal. Distínguese de lo agradable, siendo
esto último lo que ejerce influjo sobre la voluntad por medio solamente de la
sensación, por causas meramente subjetivas, que valen sólo para éste o aquél,
sin ser un principio de la razón válido para cualquiera.
(...)
Pues
bien, todos los imperativos mandan, ya hipotética, ya categóricamente. Aquéllos
representan la necesidad práctica de una acción posible, como medio de
conseguir otra cosa que se quiere (o que es posible que se quiera). El
imperativo categórico sería el que
representase una acción por sí misma, sin referencia a ningún otro fin,
como objetivamente necesaria.
Toda
ley práctica representa una acción posible como buena y, por tanto, como
necesaria para un sujeto capaz de determinarse prácticamente por la razón.
Resulta, pues, que todos los imperativos son fórmulas de la determinación de la
acción, que es necesaria según el principio de una voluntad buena en algún
modo. Ahora bien, si la acción es buena sólo como medio para alguna otra
cosa, entonces es el imperativo hipotético; pero si la acción es representada
como buena en sí, esto es, como necesaria en una voluntad conforme en sí
con la razón, como un principio de tal voluntad, entonces es el imperativo categórico.
Fragmento
10: Ibid.
Su primera formulación explícita del
imperativo categórico requiere que un individuo obedezca una máxima que, sin
caer en contradicción, puede desearse que se convierta en regla general. Esto
significa que la esencia de la moralidad se encuentra en actuar sobre la base
de un principio impersonal válido para todos, incluyendo a uno mismo.
Cuando
pienso en general un imperativo hipotético, no sé de antemano lo que
contendrá; no lo sé hasta que la condición me es dada. Pero si pienso un imperativo
categórico, ya sé al punto lo que contiene, pues como el imperativo, aparte de
la ley, no contiene más que la necesidad de la máxima de conformarse con esa
ley, y la ley, empero, no contiene ninguna condición a que esté limitada, no
queda, pues, nada más que la universalidad de una ley en general, a la que ha
de conformarse la máxima de la acción, y esa conformidad es lo único que el
imperativo representa propiamente como necesario.
Él
imperativo categórico es, pues, único, y es como sigue: obra sólo según una
máxima tal que puedas querer al mismo
tiempo que se torne ley universal.
Ahora,
si de este único imperativo pueden derivarse, como de su principio, todos los
imperativos del deber, podremos –aun cuando dejemos sin decidir si eso que
llamamos deber no será acaso un concepto vacío– al menos mostrar lo que
pensamos al pensar el deber y lo que este concepto quiere decir.
La universalidad
de la ley por la cual suceden efectos constituye lo que se llama naturaleza en
su más amplio sentido (según la forma); esto es, la existencia de las cosas, en cuanto que está determinada por leyes
universales. Resulta de aquí que el imperativo universal del deber puede
formularse: obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse, por tu
voluntad, ley universal de la naturaleza.
Fragmento
11: Ibid.
Kant concibe el imperativo
categórico como un test doble. Primero, requiere que las máximas de la acción
moral puedan universalizarse sin caer en contradicción, y segundo, que sean
mandamientos universales que no requieran que uno desee una cosa para uno y
otra cosa para los demás.
Ejemplo de violación del primer
test: no puede universalizarse la máxima "cuando tengo necesidad de
dinero, puedo pedirlo prestado y prometer pagarlo, aun cuando sé que no podré
hacerlo". Universalizar este principio equivale a universalizar la máxima
"no debes cumplir tus promesas", lo cual destruye el sentido mismo del
acto "prometer".
Ejemplo de violación del segundo
test: alguien que goza de una situación próspera, y ve a los demás sufrir todo
tipo de carencias, y piensa: ¿Y a mí que me importa? Que cada cual sea tan
feliz como pueda, yo no le quitaré nada a nadie, ni envidiaré a nadie, lo único
es que no deseo contribuir al bienestar de los demás, ni asistirlos en su
necesidad. Es imposible desear que esta forma de pensar se convierta en norma
universal, porque puede suceder que uno llegue a tener necesidad del amor y la
simpatía de los demás. Con otras palabras: la insolidaridad no es un valor.
1° Uno
que, por una serie de desgracias lindantes con la desesperación, siente despego
de la vida, tiene aún bastante razón para preguntarse si no será contrario al
deber para consigo mismo el quitarse la vida. Pruebe a ver si la máxima de su
acción puede tornarse ley universal de la naturaleza. Su máxima, empero, es:
hágome por egoísmo un principio de abreviar mi vida cuando ésta, en su largo
plazo, me ofrezca más males que agrado. Trátase ahora de saber si tal principio
del egoísmo puede ser una ley universal de la naturaleza. Pero pronto se ve que
una naturaleza cuya ley fuese destruir la vida misma, por la misma sensación
cuya determinación es atizar el fomento de la vida, sería contradictoria y no
podría subsistir como naturaleza; por tanto, aquella máxima no puede realizarse
como ley natural universal y, por consiguiente, contradice por completo al
principio supremo de todo deber.
2° Otro se ve apremiado por la necesidad a pedir dinero en préstamo. Bien sabe que no podrá pagar, pero sabe también que nadie le prestará nada como no prometa formalmente devolverlo en determinado tiempo. Siente deseos de hacer tal promesa, pero aún le queda conciencia bastante para preguntarse: ¿no está prohibido, no es contrario al deber salir de apuros de esta manera? Supongamos que decida, sin embargo, hacerlo. Su máxima de acción sería ésta: cuando me crea estar apurado de dinero, tomaré a préstamo y prometeré el pago, aun cuando sé que no lo voy a verificar nunca. Este principio del egoísmo o de la propia utilidad es quizá muy compatible con todo mi futuro bienestar. Pero la cuestión ahora es ésta: ¿es ello lícito? Transformo, pues, la exigencia del egoísmo en una ley universal y dispongo así la pregunta: ¿qué sucedería si mi máxima se tornase ley universal? En seguida veo que nunca puede valer como ley natural universal, ni convenir consigo misma, sino que siempre ha de ser contradictoria, pues la universalidad de una ley que diga que quien crea estar apurado puede prometer lo que se le ocurra proponiéndose no cumplirlo, haría imposible la promesa misma y el fin que con ella pueda obtenerse, pues nadie creería que recibe una promesa y todos se reirían de tales manifestaciones como de un vano engaño.
3° Un
tercero encuentra en sí cierto talento que, con la ayuda de alguna cultura,
podría hacer de él un hombre útil en diferentes aspectos. Pero se encuentra en
circunstancias cómodas y prefiere ir a la caza de los placeres que esforzarse
por ampliar y mejorar sus felices disposiciones naturales. Pero se pregunta si
su máxima de dejar sin cultivo sus dotes naturales se compadece, no sólo con su
tendencia a la pereza, sino también con eso que se llama el deber. Y entonces
ve que bien puede subsistir una naturaleza que se rija por tal ley universal,
aunque el hombre –como hace el habitante del mar del Sur– deje que se
enmohezcan sus talentos y entregue su vida a la ociosidad, al regocijo y a la
reproducción; en una palabra, al goce; pero no puede querer que ésta sea una
ley natural universal o que esté impresa en nosotros como tal por el instinto
natural, pues como ser raciona necesariamente quiere que se desenvuelvan todas
las facultades en él, por que ellas le son dadas y le sirven para toda suerte
de posibles propósitos.
4°. Una
cuarta persona, a quien le va bien, ve a otras luchando contra grandes
dificultades. Él podría ayudarles, pero piensa: ¿qué me importa? ¡Que cada cual
sea lo feliz que el cielo o él mismo quiera hacerle: nada voy a quitarle, ni
siquiera le tendré envidia; no tengo ganas de contribuir a su bienestar o a su
ayuda en la necesidad! Ciertamente, si tal modo de pensar fuese una ley universal
de la naturaleza, podría muy bien subsistir la raza humana, y, sin duda, mejor
aún que charlando todos de compasión y benevolencia, ponderándola y aun
ejerciéndola en ocasiones y, en cambio, engañando cuando pueden, traficando con
el derecho de los hombres, o lesionándolo en otras maneras varias. Pero aun
cuando es posible que aquella máxima se mantenga como ley natural universal,
es, sin embargo, imposible querer que tal principio valga siempre y por
doquiera como ley natural, pues una voluntad que así lo decidiera se
contradiría a sí misma, ya que podrían suceder algunos casos en que necesitase
del amor y compasión ajenos, y entonces, por la misma ley natural oriunda de su
propia voluntad, veríase privado de toda esperanza de la ayuda que desea.
Estos
son algunos de los muchos deberes reales, o al menos considerados por nosotros
como tales, cuya derivación del principio único citado salta claramente a la
vista. Hay que poder querer que una máxima de nuestra acción sea ley
universal: tal es el canon del juicio moral de la misma, en general. Algunas
acciones están de tal modo constituidas, que su máxima no puede, sin
contradicción, ser siquiera pensada como ley natural universal, y mucho
menos que se pueda querer que deba serlo. En otras se encuentra, es cierto, esa
imposibilidad interna, pero es imposible querer que sea máxima se eleve
a la universalidad de una ley natural, porque tal voluntad sería contradictoria
consigo misma. Es fácil ver que las primeras contradicen al deber estricto
–ineludible–, y las segundas, al deber amplio –meritorio–. Y así todos los deberes,
en lo que toca al modo de obligar –no al objeto de la acción–, quedan, por
medio de estos ejemplos, considerados íntegramente en su dependencia del
principio único.
Fragmento
12: Ibid.
En una de las formulaciones del
imperativo categórico, vemos más claramente sus implicaciones sociales. Éste
requiere que tratemos a todos los seres humanos como fines en sí mismos y nunca
como medios para un fin. Brevemente, debemos respetar a todos los seres
humanos, y evitar explotar a nadie. Fines que son fines sólo porque son deseados
nos da imperativos hipotéticos. Pero si existe un fin en sí mismo el imperativo
a buscar es independiente del deseo y es, por consiguiente, un imperativo
categórico.
Pero suponiendo que haya algo
cuya existencia en sí misma posea un valor absoluto, algo que, como fin en sí
mismo, pueda ser fundamento de determinadas leyes, entonces en ello y sólo en
ello estaría el fundamento de un posible imperativo categórico, es decir, de la
ley práctica.
Ahora yo digo: el hombre, y en general
todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos
cualesquiera de esta o aquella voluntad; debe en todas sus acciones, no sólo
las dirigidas a sí mismo, sino las dirigidas a los demás seres racionales, ser
considerado siempre al mismo tiempo como fin. Todos los objetos de las
inclinaciones tienen sólo un valor condicionado, pues si no hubiera
inclinaciones y necesidades fundadas sobre las inclinaciones, su objeto
carecería de valor. Pero las inclinaciones mismas, como fuentes de las
necesidades, están tan lejos de tener un valor absoluto para desearlas, que más
bien debe ser el deseo general de todo ser racional el librarse enteramente de
ellas. Así, pues, el valor de todos los objetos que podemos obtener por medio
de nuestras acciones es siempre condicionado. Los seres cuya existencia no
descansa en nuestra voluntad, sino en la naturaleza, tienen, empero, si son
seres irracionales, un valor meramente relativo, como medios, y por eso los
seres irracionales se llaman cosas; en cambio, los seres racionales llámanse
personas porque su naturaleza los distingue ya como seres en sí mismos, esto
es, como algo que no puede ser usado meramente como medio, y, por tanto, limita
en ese sentido todo capricho (y es un objeto de respeto). Éstos no son, pues,
meros fines subjetivos, cuya existencia, como efecto de nuestra acción, tiene
un valor para nosotros, sino que son fines objetivos, esto es,
cosas cuya existencia es en sí misma un fin, y un fin tal, que en su lugar no
puede ponerse ningún otro fin para el cual debieran ellas servir de medios,
porque sin esto no hubiera posibilidad de hallar en parte alguna nada con
valor absoluto; mas si todo valor fuere condicionado y, por tanto, contingente,
no podría encontrarse para la razón ningún principio práctico supremo.
Si,
pues, ha de haber un principio práctico supremo y un imperativo categórico con
respecto a la voluntad humana, habrá de ser tal, que por la representación de
lo que es fin para todos necesariamente, porque es fin en sí mismo, constituya
un principio objetivo de la voluntad y, por tanto, pueda servir de ley práctica
universal. El fundamento de este principio es: la naturaleza racional existe
como fin en sí mismo. Así se representa necesariamente el hombre su propia
existencia, y en ese respecto es ella un principio subjetivo de las acciones
humanas. Así se representa, empero, también todo ser racional su existencia, a
consecuencia del mismo fundamento racional, que para mí vale; es, pues, al
mismo tiempo un principio objetivo, del cual, como fundamento práctico supremo,
han de poder derivarse todas las leyes de la voluntad. El imperativo práctico será, pues, como como
sigue: obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en
persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca
solamente como un medio.
Fragmento
13: Ibid.
Kant muestra la identidad básica de
la primera y segunda formulaciones del imperativo categórico. Aquellas acciones
que en la primera formulación no puedan universalizarse sin caer en
contradicción –por ejemplo, cometer suicidio o negarse a ayudar al necesitado–
se verá en la segunda formulación que son inconsistentes con la idea de tratar
a la humanidad como un fin en sí misma.
El
principio: “obra con respecto a todo ser racional –a ti mismo y a los demás– de
tal modo que en tu máxima valga al mismo tiempo como fin en sí”, es, por tanto,
en el fondo, idéntico al principio: “obra según una máxima que contenga en sí
al mismo tiempo su validez universal para todo ser racional”. Pues si en el uso
de los medios para todo fin debo yo limitar mi máxima a la condición de su
validez universal como ley para todo sujeto, esto equivale a que el sujeto de
los fines, esto es, el ser racional mismo, no deba nunca ponerse por fundamento
de las acciones como simple medio, sino como suprema condición limitativa en el
uso de todos los medios, esto es, siempre al mismo tiempo como fin.
Fragmento
14: Ibid.
Habiendo mostrado con rigor lógico las presuposiciones implícitas que la persona común tiene del sentido del deber, y cómo éste es un imperativo categórico universal, Kant hace una alabanza elocuente de la “filosofía moral pura”, y previene a aquellos moralistas que permitirían que la razón se corrompiera con consideraciones empíricas.
Vemos
aquí, en realidad, a la filosofía en un punto de vista desgraciado, que debe
ser firme, sin que, sin embargo, se apoye en nada ni penda de nada en el cielo
ni sobre la tierra. Aquí ha de
demostrar su pureza como guardadora de sus leyes, no como heraldo de las que le
insinúe algún sentido impreso o no sé qué naturaleza tutora; los cuales, aunque
son mejores que nada, no pueden nunca proporcionar principios, porque éstos los
dicta la razón, y han de tener su origen totalmente a priori y con ello
su autoridad imperativa: no esperar nada de la inclinación humana, sino
aguardarlo todo de la suprema autoridad de la ley y del respeto a la misma, o,
en otro caso, condenar al hombre a despreciarse a sí mismo y a execrarse en su
interior.
Todo
aquello, pues, que sea empírico es una adición al principio de la moralidad y,
como tal, no sólo inaplicable, sino altamente perjudicial para la pureza de las
costumbres mismas, en las cuales el valor propio y superior a todo precio de
una voluntad absolutamente pura consiste justamente en que el principio de la
acción esté libre de todos los influjos de motivos contingentes, que sólo la
experiencia puede proporcionar. Contra esa negligencia y hasta bajeza del modo
de pensar, que busca el principio en causas y leyes empíricas de movimiento, no
será nunca demasiado frecuente e intensa la reconvención; porque la razón
humana, cuando se cansa, va gustosa a reposar en esa poltrona, y en los
ensueños de dulces ilusiones –que le hacen abrazar una nube en lugar de a Juno–
sustituye a la moralidad un bastardo compuesto de miembros procedentes de
distintos orígenes, y que se parece a todo lo que se quiera ver en él, sólo a
la virtud no, para quien la haya visto una vez en su verdadera figura.
Contemplar
la virtud en su verdadera figura no significa otra cosa que representar la
moralidad despojada de todo lo sensible y de todo adorno, recompensa o egoísmo.
Fácilmente puede cualquiera, por medio del más mínimo ensayo de su razón –con
tal de que no esté incapacitada para toda abstracción– convencerse de cuánto
oscurece la moralidad todo lo que aparece a las inclinaciones como excitante.