EPICURO
Carta a Meneceo[1]
Cuando se es joven, no hay que vacilar en filosofar, y cuando se es
viejo, no hay que cansarse de filosofar. Porque nadie es demasiado joven o
demasiado viejo para cuidar su alma. Aquel que dice que la hora de filosofar
aún no ha llegado, o que ha pasado ya, se parece al que dijese que no ha
llegado aún, el momento de ser feliz, o que ya ha pasado. Así pues, es
necesario filosofar cuando se es joven y cuando se es viejo: en el segundo caso
para rejuvenecerse con el recuerdo de los bienes pasados, y en el primer caso
para ser, aún siendo joven, tan intrépido como un viejo ante el porvenir. Por
tanto hay que estudiar los métodos de alcanzar la felicidad, porque, cuando la
tenemos, lo tenemos todo, y cuando no la tenemos lo hacemos todo para
conseguirla.
Por consiguiente, medita y practica las enseñanzas que constantemente
te he dado, pensando que son los principios de una vida bella.
En primer lugar, debes saber que Dios es un ser viviente inmortal y
bienaventurado, como indica la noción común de la divinidad, y no le atribuyas
nunca ningún carácter opuesto a su inmortalidad y a su bienaventuranza. Al
contrario, cree en todo lo que puede conservarle esta bienaventuranza y esta
inmortalidad. Porque los dioses existen, tenemos de ellos un conocimiento
evidente; pero no son como cree la mayoría de los hombres. No es impío el que niega los dioses del
común de los hombres, sino al contrario, el que aplica a los dioses las
opiniones de esa mayoría. Porque las
afirmaciones de la mayoría no son anticipaciones, sino conjeturas engañosas. De
ahí procede la opinión de que los dioses causan a los malvados los mayores
males y a los buenos los más grandes bienes. La multitud, acostumbrada a sus
propias virtudes, sólo acepta a los dioses conformes con esta virtud y
encuentra extraño todo lo que es distinto de ella.
En segundo lugar, acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para
nosotros, puesto que el bien y el mal no existen más que en la sensación, y la
muerte es la privación de sensación. Un conocimiento exacto de este hecho, que
la muerte no es nada para nosotros, permite gozar de esta vida mortal evitándonos
añadirle la idea de una duración eterna y quitándonos el deseo de la
inmortalidad. Pues en la vida nada hay
temible para el que ha comprendido que no hay nada temible en el hecho de no
vivir. Es necio quien dice que teme la
muerte, no porque es temible una vez llegada, sino porque es temible el
esperarla. Porque si una cosa no nos causa ningún daño con su presencia, es
necio entristecerse por esperarla. Así pues, el más espantoso de todos los males,
la muerte no es nada para nosotros porque, mientras vivimos, no existe la
muerte, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos. Por tanto la muerte no
existe ni para los vivos ni para los muertos porque para los unos no existe, y
los otros ya no son. La mayoría de los hombres, unas veces teme la muerte como
el peor de los males, y otras veces la desea como el término de los males de la
vida. [El sabio, por el contrario, ni desea] ni teme la muerte, ya que la vida
no le es una carga, y tampoco cree que sea un mal el no existir. Igual que no
es la abundancia de los alimentos, sino su calidad lo que nos place, tampoco es
la duración de la vida la que nos agrada, sino que sea grata. En cuanto a los
que aconsejan al joven vivir bien y al viejo morir bien, son necios, no sólo
porque la vida tiene su encanto, incluso para el viejo, sino porque el cuidado
de vivir bien y el cuidado de morir bien son lo mismo. Y mucho más necio es aún
aquel que pretende que lo mejor es no nacer, «y cuando se ha nacido, franquear
lo antes posible las puertas del Hades». Porque, si habla con convicción, ¿por
qué él no sale de la vida? Le sería fácil si está decidido a ello. Pero si lo
dice en broma, se muestra frívolo en una cuestión que no lo es. Así pues,
conviene recordar que el futuro ni está enteramente en nuestras manos, ni
completamente fuera de nuestro alcance, de suerte que no debemos ni esperarlo
como si tuviese que llegar con seguridad, ni desesperar como si no tuviese que
llegar con certeza.
En tercer lugar, hay que comprender que entre los deseos, unos son
naturales y los otros vanos, y que entre, los deseos naturales, unos son
necesarios y los otros sólo naturales. Por último, entre los deseos necesarios,
unos son necesarios para la felicidad, otros para la tranquilidad del cuerpo, y
los otros para la vida misma. Una teoría verídica de los deseos refiere toda
preferencia y toda aversión a la salud del cuerpo y a la ataraxia [del alma],
ya que en ello está la perfección de la vida feliz, y todas nuestras acciones
tienen como fin evitar a la vez el sufrimiento y la inquietud. Y una vez lo
hemos conseguido, se dispersan todas las tormentas del alma, porque el ser vivo
ya no tiene que dirigirse hacia algo, que no tiene, ni buscar otra cosa que
pueda completar la felicidad del alma y del cuerpo. Ya que buscamos el placer
solamente cuando su ausencia nos causa un sufrimiento. Cuando no sufrimos no
tenemos ya necesidad del placer.
Por ello decimos que el placer es el principio y el fin de la vida
feliz. Lo hemos reconocido como el primero de los bienes y conforme a nuestra
naturaleza, él es el que nos hace preferir o rechazar las cosas, y a él
tendemos tomando la sensibilidad como criterio del bien. Y puesto que el placer
es el primer bien natural, se sigue de ello que no buscamos cualquier placer,
sino que en ciertos casos despreciamos muchos placeres cuando tienen como consecuencia
un dolor mayor. Por otra parte, hay
muchos sufrimientos que consideramos preferibles a los placeres, cuando nos
producen un placer mayor después de haberlos soportado durante largo tiempo.
Por consiguiente, todo placer, por su misma naturaleza, es un bien, pero todo
placer no es deseable. Igualmente todo
dolor es un mal, pero no debemos huir necesariamente de todo dolor. Y por
tanto, todas las cosas deben ser apreciadas por una prudente consideración de
las ventajas y molestias que proporcionan.
En efecto, en algunos casos tratamos el bien como un mal, y en otros el
mal como un bien.
A nuestro entender la autarquía es un gran bien. No es que debamos
siempre contentarnos con poco, sino que, cuando nos falta la abundancia,
debemos poder contentarnos con poco, estando persuadidos de que gozan más de la
riqueza los que tienen menos necesidad de ella, y que todo lo que es natural se
obtiene fácilmente, mientras que lo que no lo es se obtiene difícilmente. Los
alimentos más sencillos producen tanto placer como la mesa más suntuosa, cuando
está ausente el sufrimiento que causa la necesidad; y el pan y el agua
proporcionan el más vivo placer cuando se toman después de una larga privación.
El habituarse a una vida sencilla y modesta es pues un buen modo de cuidar la
salud y además hace al hombre animoso para realizar las tareas que debe
desempeñar necesariamente en la vida. Le permite también gozar mejor de una
vida opulenta cuando la ocasión se presente, y lo fortalece contra los reveses
de la fortuna. Por consiguiente, cuando decimos que el placer es el soberano
bien, no hablamos de los placeres de los pervertidos, ni de los placeres
sensuales, como pretenden algunos ignorantes que nos atacan y desfiguran
nuestro pensamiento. Hablamos de la ausencia de sufrimiento para el cuerpo y de
la ausencia de inquietud para el alma. Porque no son ni las borracheras ni los
banquetes continuos, ni el goce de los jóvenes o de las mujeres, ni los
pescados y las carnes con que se colman las mesas suntuosas, los que
proporcionan una vida feliz, sino la razón, buscando sin cesar los motivos legítimos
de elección o de aversión, y apartando las opiniones que pueden aportar al alma
la mayor inquietud.
Por tanto, el principio de todo esto, y a la vez el mayor bien, es la
sabiduría. Debemos considerarla superior a la misma filosofía, porque es la
fuente de todas las virtudes y nos enseña que no puede llegarse a la vida feliz
sin la sabiduría, la honestidad y la justicia, y que la sabiduría, la
honestidad y la justicia no pueden obtenerse sin el placer. En efecto, las
virtudes están unidas a la vida feliz, que a su vez es inseparable de las
virtudes.
¿Existe alguien al que puedas poner por encima del sabio? El sabio
tiene opiniones piadosas sobre los dioses, no teme nunca la muerte, comprende
cuál es el fin de la naturaleza, sabe que es fácil alcanzar y poseer el supremo
bien, y que el mal extremo tiene una duración o una gravedad limitadas.
En cuanto al destino, que algunos miran como un déspota, el sabio se
ríe de él. Valdría más, en efecto, aceptar los relatos mitológicos sobre los
dioses que hacerse esclavo de la fatalidad de los físicos: porque el mito deja
la esperanza de que honrando a los dioses los haremos propicios mientras que la
fatalidad es inexorable. En cuanto al azar (fortuna, suerte), el sabio no cree,
como la mayoría, que sea un dios, porque un dios no puede obrar de un modo desordenado,
ni como una causa inconstante. No cree que el azar distribuya a los hombres el
bien y el mal, en lo referente a la vida feliz, sino que sabe que él aporta los
principios de los grandes bienes o de los grandes males. Considera que vale más
mala suerte razonando bien, que buena suerte razonando mal. Y lo mejor en las
acciones es que la suerte dé el éxito a lo que ha sido bien calculado.
Por consiguiente, medita estas cosas y las que son del mismo género,
medítalas día y noche, tú solo y con un amigo semejante a ti. Así nunca
sentirás inquietud ni en tus sueños, ni en tus vigilias y vivirás entre los
hombres como un dios. Porque el hombre que vive en medio de los bienes
inmortales ya no tiene nada que se parezca a un mortal.