EPICTETO[1]
Manual y Conversaciones (selección).
Manual 1. De todas las cosas del mundo,
unas dependen de nosotros, y las otras no. Las que dependen de nosotros son la
opinión, el querer, el deseo y la aversión; en una palabra, todas nuestras
acciones.
2. Las que no dependen de nosotros son el
cuerpo, los bienes, reputación, las dignidades; en una palabra, todas las cosas
que no son acción nuestra.
3. Las cosas que dependen de nosotros son libres
por su naturaleza, nada puede detenerlas ni estorbarlas; las que no dependen de
nosotros se ven reducidas a impotencia, esclavizadas, sujetas a mil obstáculos,
completamente extrañas a nosotros.
4. No olvides pues que si consideras libres las
cosas que, por su naturaleza están esclavizadas, y tienes como propias las que
dependen de otro, encontrarás obstáculos a cada paso,, estarás triste, inquieto
y dirigirás reproches a los dioses y a los hombres. En cambio, si sólo
consideras tuyo lo que te pertenece y extraño a ti lo que pertenece a otro,
nadie nunca te obligará a hacer lo que no quieres, ni te impedirá hacer tu
voluntad. No recriminarás a nadie. No harán nada, ni la cosa más pequeña,
contra tu voluntad. Nada te causará ningún daño, y no tendrás ningún enemigo,
pues no te ocurrirá nada que pueda perjudicarte.
10. Lo que inquieta a los hombres no son las cosas,
sino sus opiniones de las cosas. Por ejemplo, la muerte no es un mal, porque si
lo fuera, así se lo habría parecido a Sócrates. Pero el mal es la opinión que
se tiene de que la muerte es un mal. Por consiguiente, cuando nos sentimos
contrariados, inquietos o tristes, no debemos acusar a nadie más que a nosotros
mismos, es decir, a nuestras opiniones.
11. Es propio de un ignorante echar la culpa a los
otros de sus desgracias; en cambio acusarse sólo a sí mismo, es propio de un
hombre que empieza a instruirse; y no acusar ni a los demás, ni a sí mismo, es
lo que hace el hombre instruido.
14. No pretendas que las cosas ocurran como tú
deseas, sino desea que ocurran tal como se producen, y serás siempre feliz.
22. El verdadero dueño de cada uno de nosotros es
aquel que puede darnos o quitarnos lo que queremos o lo que no queremos. Por
tanto, si quieres ser libre, no desees o no huyas de nada de lo que dependa de
los otros, si no, serás necesariamente esclavo.
25. No olvides que eres actor en una pieza en que
el autor ha querido que intervengas. Si quiere que sea larga, represéntala
larga, si la quiere corta, represéntala corta. Si quiere que desempeñes el
papel de mendigo, hazlo lo mejor que puedas. E igualmente si quiere que hagas
el papel de un príncipe, de un plebeyo, de un cojo. A ti te corresponde representar
bien el personaje que se te ha dado; pero a otro corresponde elegírtelo.
27. Si quieres ser invencible, no te comprometas en
una lucha más que cuando de ti dependa la victoria.
42. Debes saber que el principio de la religión
consiste en tener opiniones acertadas sobre los dioses, creer que existen,
extienden su providencia a todo, que gobiernan el mundo con sabiduría y
justicia, que tú has sido creado para obedecerles, para aceptar todo lo que te
sucede y para conformarte con ello voluntariamente como cosas que proceden de
una providencia muy buena y sabia. De este modo nunca reprocharás a los dioses,
y nunca los acusarán de no cuidar de ti. Pero sólo puedes tener estas
disposiciones apartando el bien y el mal de las cosas que no dependen de nosotros,
y situándolos en las que dependen de nosotros. Porque si consideras un bien o
un mal alguna de las cosas que nos son extrañas, es de toda necesidad que,
cuando estés frustrado en lo que deseas, o te suceda lo que temes, te lamentes
y odies a los que son la causa de tu desgracia.
44. Igual que cuando caminas tienes cuidado de no
pisar un clavo o de no torcerte el tobillo, también debes cuidar de que no dañes
la parte que es dueña de ti, la razón que te conduce. Si en todas las acciones
de nuestra vida observamos este precepto, obraremos rectamente.
81. Empieza todas tus acciones y todas tus empresas
con esta súplica [de Cleanto]: «Condúceme, gran Zeus, y tú, poderoso Destino,
al lugar donde habéis fijado que debo ir. Os seguiré resueltamente y sin duda.
Y si quisiera resistirme a vuestras órdenes, además de volverme malvado e impío,
siempre debería seguiros aún en contra de mi voluntad.»
Conversaciones 1, 9. Si es cierto que hay un
parentesco entre Dios y los hombres, como pretenden los filósofos ¿qué pueden
hacer los hombres, sino imitar a Sócrates, y no responder nunca a quien les
pregunta cuál es su país: «Soy [ciudadano] de Atenas, o de Corinto», sino: «Soy
ciudadano del mundo»? Si hemos comprendido la organización del universo, si
hemos comprendido que «la principal y más importante de todas las cosas, la más
universal, es el sistema compuesto por los hombres y Dios, que de él proceden
todos los orígenes de todo lo que tiene vida y crecimiento en la tierra,
especialmente los seres racionales, porque ellos solos por naturaleza
participan de la sociedad divina, por estar unidos a Dios por la razón», ¿por
qué no nos hemos de llamar ciudadanos del mundo? ¿Y por qué no nos hemos de
llamar hijos de Dios? ¿Por qué hemos de temer los acontecimientos, cualesquiera
que sean? En Roma, el parentesco con César, o con algún hombre poderoso, basta
para vivir con seguridad, para estar por encima de todo desprecio y de todo
temor ¿y el hecho de tener a Dios por autor, por padre y por protector, no
podrá bastarnos para liberarnos de pesares y terrores?
1,
12. El hombre de bien somete su voluntad
al que gobierna el universo, como los buenos ciudadanos lo hacen a la ley de su
ciudad. Y el que se instruye debe preguntarse: «¿Cómo podré seguir a los dioses
en todo, y vivir contento bajo el mandato divino, y cómo podré llegar a ser libre?»
Porque es libre aquel a quien todo le ocurre según su voluntad y a quien nadie
puede obstaculizar. ¾Pero
yo quiero que todo suceda según mi deseo, cualquiera que sea. ¾Tú desvarías. ¿No sabes que la libertad es algo bello y precioso? Y
desear que se produzca lo que me place, puede no sólo no ser bello, sino ser lo
más horrendo que hay. ¿Qué hacemos si se trata de escribir? ¿Me propongo
escribir el nombre de Dios como me place? No, sino que me enseñan a escribirlo
como debe hacerse. ¿Y cuando se trata de música? Lo mismo. ¿Y para las artes y
las ciencias? [Lo mismo.] Sería inútil aprender las cosas, si cada uno pudiese
acomodar sus conocimientos a su voluntad. ¿Y únicamente en el dominio más serio
y más importante, el de la libertad, me sería permitido querer al azar? De
ningún modo, sino que instruirse consiste precisamente en querer que cada cosa
suceda como sucede. ¿Y cómo sucede? Como lo ha mandado el Ordenador.
II,
5. Es difícil unir y combinar estas dos
[actitudes]: el cuidado del que está sometido a las influencias de las cosas, y
la firmeza del que permanece indiferente. Pero no es imposible. Es como cuando
debemos navegar. ¿Qué está en mis manos? La elección del piloto, de los marineros,
del día, del momento. Después viene una tempestad: ¿qué debo hacer? Mi papel se
ha terminado, corresponde actuar a otro, al piloto. Pero el barco se hunde:
¿qué debo hacer? Me limito a hacer lo que está en mi poder: ahogarme sin miedo,
sin gritos, sin recriminar a Dios, sino pensando que lo que ha nacido debe
también perecer. Yo no soy eterno, soy hombre, parte del todo como la hora [es
parte] del día. Debo venir como hora y pasar como la hora. ¿Qué me importa cómo
paso, si es ahogándome o por una fiebre? Debe pasar por cualquier medio de esta
clase.
III,
19. Observaos a vosotros mismos, y
descubriréis a qué secta pertenecéis. La mayoría descubriréis que sois
epicúreos, algunos peripatéticos, y otros relajados. Porque ¿dónde habéis
demostrado con vuestros actos que consideráis la virtud como igual y aún
superior a todo lo demás? Mostradme un estoico, si tenéis alguno. (... )
Mostradme un hombre enfermo y feliz, en peligro, y feliz, moribundo y feliz,
exiliado y feliz, despreciado y feliz. Pero no podéis mostrarme al hombre así
modelado. Mostradme al menos al que está orientado en esta dirección. ¿Creéis
que debéis mostrarme al Zeus de Fidias o a la Atenea, un objeto de marfil o de
oro? Es una alma lo que uno de vosotros debe mostrarme, una alma de hombre que
quiera conformarse con el pensamiento de Dios, no proferir quejas contra Dios o
contra un hombre, no caer en falta en sus empresas, no chocar con los obstáculos, no irritarse, no
ceder a la envidia o los celos, sino (¿por qué usar circunloquios?) hacerse un
Dios abandonando al hombre, y en este Cuerpo Mortal querer la sociedad de Zeus.
Mostradlo. Pero no podéis.