La vida económica. Segunda
parte.
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Fuente:
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R. Yepes y J. Aranguren, Fundamentos de
antropología, pp. 266-275.
5. Riqueza, pobreza e
igualdad
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La miseria es la falta de bienes y recursos que
se caracteriza porque en ella el hombre no es libre: sometido a una dinámica
material inexorable y ciega no puede crecer.
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La miseria es una situación inhumana, porque
impide la manifestación del espíritu.
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Medir la pobreza no es sólo medir la renta per
cápita sino el grado de liberación de las distintas formas de miseria de las
gentes de un país.
Pobreza y miseria no son lo
mismo
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El pobre no es miserable, puesto que en su
corto bienestar puede sentirse libre y serlo realmente. Por eso la pobreza
puede ser vivida como “soltura” respecto a las servidumbres de los bienes
materiales. En ella no se dan las ataduras, agobios o amenazas del que desea
sobre todo poseer más.
La riqueza y el error
crematístico
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El error crematístico consiste en la
interpretación del bienestar, y respectivamente de la miseria, como cosas
esencialmente materiales, cuando en realidad la riqueza es mucho más: es aquel
conjunto de bienes que contribuyen a la felicidad humana.
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La mera crematística es el índice de la miseria
espiritual propia de la sociedad de consumo: una materialización de los fines
de la actividad humana.
6. Las fuentes de la riqueza
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La fuente de riqueza más importante es el
trabajo.
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La primera riqueza es siempre regalada: el
hombre, antes de poder producir y crear riqueza, recibe gratuitamente lo que
es, lo que tiene y lo que puede.
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Cuando el hombre se encuentra existiendo en el
mundo, en una cultura determinada, en una tradición o comunidad, tiene como suyos
los bienes que ellas contienen, que para él son un regalo. Su propia vida es un
don...
Diferencia y desigualdad
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La lucha por la posesión de los bienes
materiales nos pone ante los ojos la existencia de las desigualdades humanas.
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Desigualdad no es lo mismo que diferencia. Esta
segunda es algo necesario, bueno y saludable: esta diversidad es una riqueza.
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La desigualdad, en cambio, puede entenderse
como diferencia injusta, es decir, lesión de los derechos de unos a favor de
otros, especialmente en lo referente al reparto de la riqueza.
7. Consumo, propiedad e inversión
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El acto que por excelencia define el consumo es
comprar.
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Quien compra se trasforma en propietario. El
derecho de propiedad surge como una consecuencia natural del modo humano de
trabajar y habitar el mundo.
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El hombre es propietario por naturaleza, y si
no lo fuera no podría trabajar y habitar, y en consecuencia no existiría el
mundo humano.
Dos tipos de bienes comunes
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Aquellos bienes materiales que forman parte del
plexo instrumental del mundo humano: los caminos, el espacio verde de la
ciudad, la energía, el aire, el agua, etc.
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Los bienes racionales o espirituales: las
leyes, la tradición, el saber, la información, etc.
Dos tipos de bienes privados
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El bien privado se da de dos maneras:
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Como apropiación y adscripción privadas de una
parte de los bienes materiales (el terreno para construir el propio hogar o la
compra de los sábados)
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Como participación en los bienes comunes del
plexo instrumental (utilizar las carreteras) y en los bienes espirituales,
materializados en las obras culturales de la comunidad (leer el periódico). La
participación en los bienes comunes forma parte irrenunciable de las necesidades
humanas y del bienestar.
El acto de apropiación
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El acto de apropiación en que consiste la
propiedad privada supone usar como propio un bien repartible.
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Ese acto exige tener el derecho de excluir a
los demás de usar concretamente esa porción que uno se apropia y consume: lo
que uno se come no se lo puede comer el otro.
La propiedad privada
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La propiedad privada es la única manera según
la cual los hombres pueden satisfacer necesidades primordiales y disfrutar
pacíficamente de su propio bienestar sin destruir la vida social.
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Por eso la propiedad privada es un derecho, es
decir, un título que capacita para usar legítimamente un bien y consumirlo, sin
que eso signifique ser injusto respecto a otro.
Dos posturas extremas...
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Desde esta perspectiva resultan inaceptables y
utópicas dos posturas extremas: la que pretende abolir la propiedad privada, y
la de ciertas doctrinas económicas liberales, según las cuales todos los bienes
son privados, y los bienes comunes, tanto materiales como espirituales, son
ficciones equívocas y en el fondo inexistentes.
La inversión
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El motor de la economía es la capacidad humana
de prever las necesidades futuras.
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Para hacerlo, el hombre lleva a cabo los actos
de comprar y ahorrar.
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La mejor forma de ahorro es la inversión, que
consiste en la “renuncia a un bien presente y cierto por la expectativa de otro
mayor, futuro e incierto”. Toda inversión conlleva riesgo.
8. Mercado y beneficio
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La institución económica básica de la economía
actual es el mercado.
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Según Adam Smith, los esfuerzos de cada persona
privada “hacia su propia ventaja le inclinan a preferir, de una manera natural,
o más bien necesaria, el empleo más útil a la sociedad como tal”, es decir, es
la búsqueda libre y competitiva del propio interés por parte del individuo lo
que parece generar el progreso general de la economía, pero ¿por qué y cómo?
Un recto concepto del
interés
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La respuesta a esta pregunta no se puede hacer
apelando a una mágica “mano invisible” que guía el proceso, porque eso
significa suponer que la armonía social es espontánea.
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Más bien, “toda la clave de la economía está en
tener un concepto recto de interés.
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El hombre, porque es racional y en la medida en
que lo es de modo consciente, reconoce a los otros hombres como sujetos de
derecho, y añade a la búsqueda de su propio interés la visión benevolente y
moral de ellos y sus necesidades.
Los elementos de la vida
social y la economía
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Una adecuada antropología económica debe partir
de esta idea: la actividad productiva y comercial supone y causa otros tienes,
además de la satisfacción privada del agente productor o comprador.
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Concretamente, supone los elementos de la vida
social, causa la satisfacción de las necesidades de otros y lleva al ejercicio
de formas de cooperación, propias de la capacidad humana de dar y reconocer a
los demás de modo racional y benevolente.
El bien común
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Para designar esos otros bienes causados por la
actividad comercial podemos servirnos de las expresiones bien común y servicio.
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Por eso, la actividad económica de mercado
tiene una utilidad, también buscada sobre el papel por el político, que es la
satisfacción de las necesidades de todos.
El beneficio propio y la
utilidad social
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El que se enriquece está acumulando un capital
que, al invertirlo, crea riqueza y utilidad social futuras.
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Esto significa que el fin del beneficio no es
sólo el bienestar propio, sino también el de los demás, es decir, la utilidad
social.
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El problema está en que puede no invertirlo, y
quedárselo para su disfrute privado.
Utilidad social
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Si se prescinde de la utilidad social del
beneficio, se incurre en egoísmo.
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Se quebrantan entonces las reglas que hacen del
mercado un juego de suma positiva, puesto que lo que alguien ha obtenido con el
concurso y la intervención de los demás, aunque sea a través de la institución
impersonal del mercado, pasa a ser utilizado como un beneficio exclusivamente
privado.
El capital y la inversión
social
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Para que exista la utilidad social, el capital
debe volver al mercado en forma de inversión, puesto que la economía es una
actividad social; y el bienestar que constituye su fin no es sólo el mío, sino
también el de los demás, puesto que sin ellos no existiría el beneficio que lo
hace posible.
El homo crematisticus
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El problema se agrava si además caemos en las actitudes
del homo crematisticus, que nos llevarán a identificar beneficio con masa
monetaria, convirtiendo así el incremento de la propia cuenta bancaria en fin
de la actividad económica.
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Para quien entiende así el beneficio, la
utilidad social es secundaria y accidental, y por tanto prescindible.
La utilidad social, una exigencia
ética
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De todo esto se deduce que tener en cuanta la
utilidad social depende de la libertad, y es por tanto una exigencia ética.
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En el ser humano, lo que se debe hacer no está
nunca asegurado por naturaleza (no ocurre siempre, espontáneamente...)