SANTO TOMÁS DE AQUINO: MORALIDAD Y LEY NATURAL[1]

 

“La vida humana es la vida proporcionada al hombre. Ahora bien, en todo hombre se da en primer lugar la naturaleza sensible, en la cual coincide con los animales; se da además la razón práctica, típica del hombre en una cierta medida, y se da también el entendimiento especulativo, que no alcanza en el hombre la misma perfección que en los ángeles, sino sólo en la medida de la participación que compete al alma. Por tanto la vida contemplativa no es propiamente humana, sino sobrehumana; la vida voluptuosa, que se deja guiar por los apetitos de los bienes sensibles, no es tampoco humana, sino más bien bestial. Por consiguiente la vida que en realidad es la propia del hombre es la vida activa, que consiste en el ejercicio de las virtudes morales”[2]

 

A menudo se ha dicho que si San Agustín es el Platón de la Edad Media, Santo Tomás (1225-1274) es Aristóteles. El séptimo hijo del Conde de Aquino, Tomás nació en el castillo de Roca Seca en el reino de Nápoles. Sus padres decidieron que fuera un dignatario eclesiástico, y para ello confiaron la educación del joven Tomás a su tío, el abad de Monte Casino. Tomás mostró ser un estudiante excepcional, y a la edad de 14 años fue enviado a la Universidad de Nápoles. Estando allí empezó a admirar la religiosidad sincera y la vitalidad de los frailes dominicos que conoció por casualidad en las calles; de hecho, le impresionaron tanto los ideales de castidad y de pobreza que los monjes de esta nueva orden predicaban que se hizo uno de ellos, sin consultárselo a sus padres, en 1244. Angustiados por su decisión –más aún después de que los monjes prohibieron a la madre de Tomás hablar con él–, sus parientes tomaron acciones drásticas: algunos de sus hermanos lo obligaron a volver al castillo de Roca Seca. Tomás fue prisionero allí por un año. Al no notar ningún cambio en su determinación, sin embargo, su familia finalmente cedió, y le permitió volver a Nápoles.

En 1248, Tomás fue a Colonia a estudiar con Alberto de Bollstadt (1205-1280), un académico impresionante con gran reputación de originalidad. Alberto “el Grande” sostenía que las dificultades teológicas que asediaban al cristianismo podría resolverse a través de una comprensión completa de las obras de Aristóteles. El maestro, reconociendo abiertamente que su discípulo era un genio que pronto lo sobrepasaría, abiertamente compartió con él su visión y conocimientos. Ellos se fueron un equipo por varios años y fueron enviados a París a presentar el punto de vista de los dominicos y de otras órdenes religiosas (al cual ellos mismos estaban haciendo contribuciones). En términos sencillos, el choque de puntos de vista en aquel tiempo era el siguiente: en la tradición agustiniana, los franciscanos sostenían que no existe una distinción tajante entre teología revelada y filosofía, mientras los dominicos creían que sí la había.

La reputación de Tomás de Aquino creció rápidamente. Llegó a ser maestro de teología por la universidad de París en 1256, y en los 18 años siguientes (hasta su muerte, en 1274), aceptó invitaciones para dar conferencias y cursos en muchas universidades, así como para aconsejar a reyes, prelados y académicos. En 1323 fue canonizado.

A pesar de llevar una vida completamente entregada a sus deberes, Santo Tomás escribió mucho. Sus trabajos sistemáticos mejor conocidos son la Suma Contra Gentiles y la Suma Teológica. La primera fue escrita para proveer a los misioneros con los medios necesarios para convertir a los paganos y a los musulmanes y judíos al cristianismo; la segunda fue escrita como libro de texto para dar a los novatos una comprensión sistemática de la teología cristiana. Ambos trabajos van mucho más allá de su propósito original y muestran la habilidad de Aquino para usar la razón al tratar de asuntos tan profundos como la existencia de Dios, la relación del alma con el cuerpo y el bien supremo para la humanidad. Sus trabajos muestran que la filosofía puede proporcionar un marco para la teología.

 

Es un lugar común observar que Santo Tomás de Aquino ofrece una visión cristianizada de la teoría moral de Aristóteles. Esta apreciación es instructiva en cuanto sugiere que la ética aristotélica es un sine qua non de la de Aquino. Pero concluir de aquí que la teoría moral de Aquino no es más que una reinterpretación cristiana de Aristóteles, es desorientador. Incluso la más magnánima presentación histórica de la filosofía moral de Santo Tomás como una síntesis de la tradición humanista de Platón y Aristóteles, de la tradición cristiana de San Pablo y de la tradición grecorromana de la ley natural, dejaría fuera sus innovaciones.

El cristianismo es una religión revelada, lo cual da cuenta de uno de sus problemas perennes y disgregadores. A través de la historia, los pensadores cristianos han reconocido que al aceptar la revelación –al aceptar que hay casos en las que las personas tienen acceso sobrenatural al conocimiento auténtico– están disminuyendo la autoridad de la investigación natural, que se guía sólo por la razón. Una solución radical a este problema de las dos fuentes del conocimiento fue presentada en los primeros siglos del cristianismo. La observación de Tertuliano (160-230) “Credo quia absurdum est” (creo porque es absurdo), que se refiere a la doctrina cristiana del sacrificio de Dios en la cruz, es aún repetida por muchos cristianos. Él advertía que es presunción considerar el mundo como ordenado de acuerdo con nuestra razón finita. Tertuliano insistía que es sólo a través de la fe en la revelación cristiana (y en las intuiciones inmediatas que se dan en la experiencia religiosa) que se nos permiten vislumbres de la verdad última. Él también sostenía que tales revelaciones no están sujetas a las normas lógicas que gobiernan los asuntos mundanos, y finalmente, sostenía que las paradojas y contradicciones que la razón finita encuentra en los artículos cristianos de fe son signos positivos de su verdad.

Si Tertuliano está al extremo izquierdo de la controversia fe-razón, Aquino está al centro-derecha. Él hace una distinción nítida entre los dominios de la teología y de la filosofía. Como los cristianos reconocen, la teología comienza con los principios sagrados que proporciona la revelación, y, como reconocen los aristotélicos, la filosofía comienza con la materia que proporciona la observación. Pero la teología, no menos que la filosofía, usa la razón para desarrollar sus supuestos en un cuerpo de conocimientos claro y comprensible[3]. Por otra parte, según Aquino, los dominios de la teología y de la filosofía se traslapan. Así, por ejemplo, no sólo la teología sino que también la filosofía incluye la proposición “Dios existe”[4]. Que Dios es trinidad, sin embargo, es una tesis distintivamente teológica; esto es, una verdad revelada, cuya prueba excede los recursos de la filosofía. La afirmación de que la facultad sensitiva nunca existe sin la nutritiva, por otra parte, es claramente filosófica; esto es, es una verdad  filosófica que no está entre las verdades que Dios ha hecho accesibles a los hombres por revelación directa o por el desarrollo racional de tales revelaciones.

Santo Tomás conserva el núcleo principal y la mayoría de los detalles de la ética de Aristóteles. Él considera a Aristóteles como el filósofo que proporcionó la fundamentación filosófica adecuada para el estudio de la moralidad. Pero sostiene que la ética aristotélica es penosamente incompleta. Además, sostiene que la teoría del estagirita no puede completarse sin apoyarse en las intuiciones cristianas. Así, aunque completamente aristotélica, la teoría de Aquino agrega el concepto de la visión beatífica como el fin último de la humanidad, una doctrina especial de la libertad, y una teoría de la ley natural como reflejo del orden divino.

En su versión más breve, la teoría aristotélica, reafirmada por Santo Tomás, es como sigue: las acciones humanas se dirigen a alcanzar unos fines; tales fines, cuando se alcanzan, se convierten en medios para alcanzar otros fines. Sobre la base de esta tesis teleológica, ambos argumentan no sólo que las actividades de un individuo están relacionadas en la forma de una sucesión de fines a medios y de nuevo a fines, sino que tal sucesión puede darse sólo si existe una meta final. Esta última proposición es lo que las personas testifican cuando dicen de sí mismas que son buscadores de la felicidad. ¿Pero qué hay sobre sus diferentes opiniones acerca de la naturaleza de la felicidad? Aristóteles (siguiendo a Platón y seguido por Santo Tomás) aborda este problema señalando que ya que todos están de acuerdo en que la felicidad, o fin último, satisface ciertos criterios, un análisis de los fines propuestos puede aclarar la cuestión. Estos criterios para el fin último son: (1) que sea deseable por sí mismo; (2) que sea suficiente en sí mismo o para nosotros; (3) que esté a nuestro alcance. El profundo y extenso análisis de Aristóteles sobre este tema señala que la felicidad o fin último sólo puede consistir en la realización de la más alta de las potencialidades humanas bajo la guía de la razón.

Santo Tomás sostiene, sin embargo, que una lectura secular restringe esta explicación de la felicidad. Deberíamos leer [lo que Aristóteles dice] como diciéndonos que hay una doble perfección de la naturaleza racional o intelectual, “que junto con la felicidad natural existe una felicidad sobrenatural, que consiste en ver a Dios como es”. Para comprender la justificación que da Santo Tomás sobre este punto, considere lo siguiente: los no-cristianos (incluyendo a Aristóteles, por supuesto) tienen un criterio tácito, que se alcanza por el uso natural de la razón. Expresado en esta forma, nuestro último fin está relacionado con el hecho de ser los animales superiores y los únicos que podemos alcanzar verdades filosóficas. Pero, según Aquino, los humanos tienen dos fuentes de verdad: la que proveen las facultades humanas y lo que Dios revela. Por otra parte, la actividad propia de la razón humana consiste en el desarrollo de ambas fuentes de verdad.

Santo Tomás  mantiene, sin embargo, que nuestra realización directa de la felicidad natural y sobrenatural en esta vida terrena está sistemáticamente limitada, ya que pocos entre nosotros somos capaces de mantener la actividad intelectual de los filósofos o la intensidad espiritual de los santos. Por otra parte, él nota no solamente que el buen carácter es una condición necesaria para las virtudes intelectuales sino también para nuestra vida social. Por tanto, la explicación que da Santo Tomás del buen carácter –de las virtudes morales– es de gran importancia para su teoría ética.

Santo Tomás considera que la explicación de Aristóteles de las virtudes morales –aquellas que tienen que ver con nuestras elecciones habituales– es correcta en sus líneas generales, pero incompleta en los detalles. En su núcleo, la teoría aristotélica dice que el bien implica elección, y que la elección incluye un elemento apetitivo y uno deliberativo: el primero se centra en lo que buscamos y el segundo en cómo alcanzarlo. Un buen carácter se constituye por hábitos de elección que van de acuerdo con los principios apropiados, siendo tales principios aquellos que una persona sabia encontraría evidentes después de tamizar todos los datos y opiniones relevantes. Santo Tomás agrega y refina esta explicación de dos maneras. En primer lugar, subsume el análisis aristotélico de la elección bajo su propio concepto de libertad. Esto incluye el corolario aristotélico básico de que la gente es responsable de sus acciones a menos que sean físicamente compelidas a ejecutarlas o sean inadvertidamente ignorantes sobre lo que implican. En segundo lugar, Santo Tomás adscribe la fuente de la autoridad de los principios que determinan la elección apropiada a las leyes naturales que Dios hace asequibles a los seres humanos.

Al identificar la voluntad como el agente de la elección, el análisis de Aquino del valor moral de la acción voluntaria está más nítidamente delineado que en el de Aristóteles. Tres componentes de los actos voluntarios son moralmente relevantes y, en consecuencia, conllevan distintas medidas de valor moral para actos nominalmente idénticos. El primero y principal componente de una acto humano es el tipo de acto, el segundo el motivo que lo impulsa, y el tercero las circunstancias. Para comprender plenamente estos componentes de una acción voluntaria y cómo contribuyen a la “medida de la bondad”, considere un acto en términos de sus tres factores.

Suponga un caso en el que A está entregando su primer trabajo para la publicación y reconoce los valiosos comentarios que le proporcionó B, un colega relativamente desconocido. En este caso, uno podría describir la clase de acto como la descripción honrada que un autor hace de sus esfuerzos, el motivo como gratitud, y las circunstancias como que el autor no ha publicado nada aún y que su compañero es desconocido. Suponga un segundo caso en el que A está presentando su primer trabajo para la publicación, recibe unos comentarios valiosos de un colega distinguido, pero esta vez no reconoce la ayuda recibida. En este caso, el cuadro sería distinto. El acto sería la falsa descripción que un autor hace de su trabajo, el motivo sería el de autopromoción, y las circunstancias incluirían a ese compañero bien conocido. Los dos actos tendrían diferente calificación moral. El primero sería mejor que el segundo. Considerando sólo el primer componente, claramente la descripción verdadera es superior a la descripción falsa. Introducir los otros dos factores permite hacer una valoración más precisa de ambos actos.

Santo Tomás pone la fuente de los últimos principios a los que nos referimos en los juicios morales en nuestro conocimiento intuitivo de la ley natural. Esto es, hace remontar estos principios en nuestra experiencia como criaturas racionales de la ley eterna, que es el plan de Dios para los movimientos racionalmente ordenados de las acciones y de las criaturas en el universo creado. La teoría ética de Santo Tomás, sin embargo, gana fuerza  al reconocer la brecha que existe entre saber y asentir a la autoridad de los principios de la ley natural, y aplicarlos a situaciones concretas. La sabiduría práctica por la cual la voluntad de una persona sabia se dirige a la elección apropiada en circunstancias específicas incluye una clarificación del problema de la interpretación y la aplicación de tal conocimiento intuitivo. Lo anterior es una descripción de los esfuerzos racionales de lo que Aquino llama conciencia. Aunque él insiste en la autoridad moral de los dictados de la conciencia, no puede admitir (y de hecho no admite) que sea infalible. Incluso como personas concientes somos vulnerables a errores en el razonamiento y a un conocimiento bastante limitado. Por otra parte, es desafortunado que como personas con capacidad de voluntad, no siempre obedecemos los dictados de la razón.



[1] Traducción de Denise, Peterfreund y White, Great Traditions in Ethics, Belmont (Ca.): Wadsworth, 1996.

[2] S. Tomás, De Virtutibus, 1.

[3] Suma Teológica, I, 1, 8.

[4] Aunque es aproximadamente correcto decir que la filosofía y la teología se traslapan, Aquino señala que la ocurrencia de proposiciones comunes significa solamente que existe un acuerdo filosófico y teológico sobre estas proposiciones. No quiere decir que la filosofía y la teología sean sistemas idénticos.